La campaña

9 de Enero, 2019
9 Ene 2019
9 de Enero, 2019 - 00h00
9 Ene 2019

Hace ya un tiempo, había comenzado a ver El mecanismo, serie de Netflix, pero había interrumpido, porque me parecía que la realidad superaba la ficción. Había seguido el proceso de denuncias de corrupción en Brasil, las idas y venidas políticas. Coincidí en un viaje a Sao Pablo con las elecciones presidenciales donde ganó Dilma Rousseff y viví de cerca la polarización en un país dividido casi a la mitad. Fui testigo en otra oportunidad de la ira ciudadana, de los edificios tapiados por miedo a los saqueos, de las calles invadidas por manifestantes y del miedo rondando las calles. Un proceso de descrédito de las instituciones, de la política y los políticos que culminaron con la elección del actual presidente, Bolsonaro.

Las denuncias “oficiales” de varios (no de todos) hechos de corrupción en nuestro país, me alentaron a retomar la serie.

Varias de las frases puestas en la boca del protagonista me impactaron porque es lo que compruebo día a día. Y el artículo de Diego Ordóñez “Los poderes fácticos gobiernan al Estado”, publicado en 4 pelagatos del 6 de enero, confirma la relación corrupta que muchas empresas mantienen de manera atávica con el Gobierno y que enriquece a los dueños de los capitales con dineros públicos que deberían revertir a la ciudadanía en obras y servicios.

La corrupción menor y la corrupción mayor son dos caras de la misma moneda. Lo vemos en los sobreprecios pagados a contratistas, para que estos devuelvan en coimas lo que cobran de más y en los miles de millones que se han robado en el país, pero también en los ciudadanos que saquean un tráiler volcado y se llevan con parsimonia las botellas de cola. Lo vemos en la señora que reclama un puesto que no le corresponde en la cola del banco, porque estaba allí, se fue a otro banco y quiere recuperar el lugar que dejó. En el chofer que hace entrar por la puerta de salida de los buses a los pasajeros para que no conste como cobrado y quedarse con el pago del pasaje. En el vuelto que no se da, en las licencias de conducir que se sacan en ciudades que no hacen revisión. Cuando se envía a mujeres embarazadas o adultos mayores para hacer colas en los bancos, mientras los dueños de las cuentas esperan sentados el resultado de las transacciones que no realizan, porque están “apurados”.

Los entramados de corrupción donde el poder económico y los funcionarios públicos actúan juntos son difíciles de combatir para la sociedad civil de a pie, que vive la cotidianidad en la angustia de no perder el empleo y lograr llegar a fin de mes sin muchas deudas.

Pero sí podríamos comenzar a combatir la corrupción micro, esa que nos acompaña todos los días y casi consideramos normal. Quizás deberíamos hacer campañas de honestidad.

He visto cosas bellas. En el supermercado una señora pagó la compra a un anciano que devolvía lo que no podía pagar. Durante los encuentros de Navidad, a un grupo en una cafetería le cobraron menos de lo que consumieron, cuando se dieron cuenta fueron a pagar la diferencia aunque estaban distantes del lugar.

En la época de propósitos para el año nuevo, empezaría con campañas masivas: “Seamos honestos: haga cola, respete los turnos” durante un mes.

Luego: “Seamos honestos: cobre lo justo, dé el vuelto”. Y así sucesivamente. (O)

La campaña
La campaña
2019-01-09T00:00:56-05:00
El Universo

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