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Margen mínimo

25 de Diciembre, 2018
25 Dic 2018
25 de Diciembre, 2018 - 01h00
25 Dic 2018

Cuando se insiste en la vinculación de libertad con arte, me entran dudas y ganas de matizar. No veo a la literatura como una forma inmediata de libertad, o quizá más bien esta es algo que va más allá. Me ha tomado tiempo entender que no soy dueño completo de lo que escribo. Y quizá la palabra libertad es demasiado amplia, genérica y expuesta a confusión para entender lo que ocurre en la escritura. Pienso más en la palabra “aceptación”. Pero también cambiando su sentido: aceptar no es resignarse, no es “verse obligado a”, sino asumir una necesidad con esfuerzo creativo.

Recordaba Todorov, en El hombre desplazado, que en las sociedades democráticas occidentales que no han vivido las consecuencias del totalitarismo, de dictaduras feroces e interminables, la idea de la libertad parece natural y no termina por percibir que se la posee. El mismo Todorov sufrió las consecuencias del régimen comunista en su natal Bulgaria. También señalaba que en el Occidente democrático los intelectuales miran con envidia esa lucha contra las dictaduras que sobrellevan los artistas y escritores de países abducidos. No podemos enarbolar enemigos de dimensión histórica contra los que su libertad de escritura haya tenido que enfrentarse. Sólo podemos hablar de fantasmas.

Aquí es donde remarco mi primera observación: no creo que haya libertad en términos simples al momento de escribir. O al menos no tanta como para señalarla como condición esencial. Uno no elige –en un sentido estrictamente amplio– los temas de los que quiere escribir. Los acepta. Debajo de la escritura hay obsesiones, miedos, fantasías, deseos, vida que busca sobrevivir verbalmente. Si no hay libertad entendida en una manera simple, hay una libertad que yo llamaría de modulación. Saber escuchar los temas propios es el gran esfuerzo que hace un escritor. No dejarse llevar por lo que se supone es lo correcto, lo que está de moda, lo que pueda interesar a priori, sino potenciar esa particularidad personal, por menor que sea, por ajena a las tendencias inmediatas de su época, y expandirla y dejar que el lenguaje aflore con todas sus terminales nerviosas, sin confundirlo con sentimentalismo. Escribir, de alguna manera, es modular los contrarios, tender un lazo verbal entre los opuestos a los que nos vemos abocados por el furor de las ideologías, los países y las familias, cualesquiera que estas sean, y unirlas, ponerlas en contrapunto, y tratar de encontrar un calor nuevo, un refugio vivible en medio de lo que Isaiah Berlin llamaba “las alborotadas avenidas de la vida real”.

A los autores de ficción se los quiere medir en su relación con la realidad. ¿Cuál realidad? ¿La del que juzga, la del crítico, la del mercado, la de la editorial de turno, la del partido, la del género? El novelista siempre se escapa, es escurridizo. Pero no huye. Un novelista es inclusivo. Sí, es cierto que saca de la realidad –de su necesidad– los distintos personajes o situaciones que lo atormentan, pero no para matarlos y quitarles su savia vital, sino para darles una oportunidad de encuentro, para no dejarlas caer en la peligrosa petrificación de su absoluto, sino para ponerlas en relación. Quizá por eso los personajes secundarios nunca lo son. Que un escritor como Tolstoi dedique dos mil páginas de Guerra y Paz a las guerras napoleónicas no significa que elogie la guerra ni que haga un panfleto antibelicista. Todo lo contrario: quiere entender cómo son quienes aman la guerra y cómo quiénes la detestan. Como le decía György Konrád a Jorge Semprún: “La novela es más bien un escenario, que un protagonista sobre un escenario”.

Un novelista no puede ser un ideólogo que incite ni un lloriqueador victimizado, y abundan demasiado hoy en día las sensibilidades semánticas que ocultan una falta de talento como revelan una capacidad de rencor ciego. Así pasaron muchos literatos “comprometidos” durante el siglo XX, echándose medallitas para tapar los huecos abismales de su medianía. El novelista es un expositor sutil. Más que dar una sentencia quiere compartir a ese lector futuro e impredecible las dudas de su tiempo. Busca un refugio presente en la escritura pero consciente de que a lo mejor, en el futuro, a veces el inmediato de sus lectores próximos o el remoto de los lectores que están por nacer, habrá una forma de comprensión que él no alcanzó plenamente. Frente a esa necesidad ineludible y puede que fatalmente determinista, el escritor sueña o forja ese deseo de libertad de un futuro comprensivo, y lo hace con un lenguaje –o una forma compositiva– que quiere liberarse. Es un margen mínimo, pero quizá en eso consiste la libertad y no el libertinaje que lo malinterpreta. Su libertad es la forma de su lenguaje. De allí que los verdaderos escritores incomodan de manera diferida, no buscan contemporizar, no les gusta ser clasificados ni hablan gratuitamente de sí mismos. Saben que están aceptando sus temas y que les dedican todo su esfuerzo. En este sentido la novela es un campo de pruebas, un territorio magnífico para que la conciencia descubra nuevas posibilidades con un nivel de riesgo controlado. Esa libertad del lector, de quebrar su rutina diaria y decirse me voy a dar espacio para leer esta novela que a lo mejor no está de moda pero resulta fascinante, es una libertad que bien vale defender. Es, como dije, un margen mínimo de libertad.

Un lector sabe lo que ha sentido al darse ese tiempo para leer una novela y volver renovado. No hay que pedirle a la literatura que cumpla un papel o que ofrezca lo que queremos. Hay que dejarla dar lo que tenga que dar y escucharla sin querer someterla o malinterpretarla. Detrás de esa literatura no hay ni un partido ni una iglesia ni una fe. Hay un hombre o una mujer que saben compartir y modular para nosotros sus servidumbres y grandezas. (O)

 

Margen mínimo
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2018-12-25T01:00:53-05:00
El Universo

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