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Imparables

23 de Diciembre, 2018
23 Dic 2018
23 de Diciembre, 2018 - 01h01
23 Dic 2018

A las mujeres ya no las detiene nadie. Ha tenido que darse así, en una cadena que empezó casi invisible, siglos atrás, extrayendo las voces de las entrañas del silencio, dando pasos casi imperceptibles en los territorios del poder, hasta situarse en posiciones de mira y escucha para analizar y decidir sobre derechos y capacidad de decisión.

Es imposible escribir sobre el tema de la situación de la mujer evitando palabras como patriarcado y sexismo. Hay autoras que, cautas, las eluden para ingresar en los receptores salvando los escollos de los prejuicios, que parecen haberse levantado sobre ellas a costa de repetirlas en la variedad de discursos que los análisis han ido produciendo. Pero, ¿es esto válido? ¿Las estrategias nos excusan del verdadero nombre de las cosas? La verdad histórica es la dominación del sexo femenino (alguna vez alguien me dijo “se trata solamente de roles distintos”) y su paulatina liberación, en la que siempre parece haber mucho que avanzar.

El destape de la utilización sexual en todas sus modalidades –ataque verbal y físico, acoso, violación, trato diferenciado para la explotación– ya no impacta, solo ilumina con mayores pruebas que el cuerpo femenino era una presa de caza, un coto con dueño ajeno, en el cual hasta la maternidad –suprema expresión del albedrío personal– ha sido impuesta. Por eso, es importante seguir con acuciosidad los actuales movimientos de denuncia de injusticia y protección de los derechos femeninos. Por eso, no podemos dar tregua al derrumbamiento de una cultura de subestimación de la mujer, en la cual todavía el maltrato, la postergación y la sujeción siguen siendo cifra de conducta.

El reciente caso de la profesora española Laura Luelmo, asesinada en Huelva, pone los pelos de punta respecto de la potencialidad de ataque y destrucción de un ser humano por el mero hecho de pertenecer a un sexo que le moviliza las hormonas al otro. Cada mujer que cae “castigada” por su pareja, cada empleada que sufre en su género los altibajos de la autoridad, cada niña que es pasto de la lujuria de sus mayores próximos, moviliza una educación que ha puesto puntos de alarma en la prevención y la duda. ¿Es eso sano? No lo es, pero resulta indispensable. Ahora, medida de protección y hasta sobrevivencia.

La gran sospecha histórica es que siempre haya sido todo esto así, y no nos lo hayan contado. Si el pasado tiene escaso testimonio del avatar cotidiano de las mujeres –al punto de que se haya tenido que contar su desarrollo aparte, por el silencio de las historias oficiales–, mucho puede seguir oculto bajo el tapete, y ha tenido que venir el feminismo para que, como instrumento de investigación, extraiga las incidencias silenciadas, las jugarretas tapadas por el polvo pretérito. Por eso, vamos de escándalo en escándalo en este resorte imparable de denuncias que no puede reprocharles a las protagonistas lo tardío de su voz. Se han llevado años en llenarse de valor –como en el caso contra Juan Darthés, el actor argentino, violador de una adolescente, compañera de labores– para acusar al culpable.

Una Navidad de respeto a las mujeres tiene su puesto en estas cavilaciones. (O)

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2018-12-23T01:01:04-05:00
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