El niño que juega con la arena

21 de Diciembre, 2018
21 Dic 2018
21 de Diciembre, 2018 - 00h00
21 Dic 2018

Hay algo bien fuerte en la época de Navidad: mientras para unos colorea la unión espiritual en la familia, para otros es una festividad en que la pobreza material y la injusticia se hacen más notorias e insufribles. Todo esto sin mencionar la manera despreciable con que el mercado capitalista ha secuestrado la Navidad. Por eso llama la atención que el poeta ruso-norteamericano Joseph Brodsky (1940-1996), nacido en San Petersburgo y expulsado de la antigua Unión Soviética en 1972, haya intentado, durante más de treinta años, “escribir un poema para cada Navidad: una especie de felicitación de cumpleaños”.

Brodsky, que obtuvo el Nobel de Literatura en 1987, se consideraba calvinista: creía que “el hombre responde de todo ante sí mismo… él es su propio Día del Juicio”, dijo, explicando su confesión cristiana. En una sociedad más interesada por la moda que por lo trascendente, conviene saber por qué un escritor tan destacado produjo poemas así. Brodsky responde: “Por encima de todo, se trata de una fiesta en el tiempo, ligada a una realidad especial, a la marcha del tiempo. En último análisis, ¿qué es la Navidad? El nacimiento de Dios-hecho-hombre. Que los humanos lo celebremos, no es menos natural que celebrar nuestro propio nacimiento”.

Esos textos de Brodsky están recogidos en el libro Poemas de Navidad y –en traducción de Svetlana Maliavina y Juan José Herrera de la Muela– uno de ellos expresa: “En Navidades todos somos un poco Reyes Magos./ Empujones y barro en los abastos./ Por una caja de turrón de café,/ gente cargada con montones de paquetes/ emprende el asedio del mostrador:/ cada cual hace de Rey y de camello”. De suerte, insisto, que dejamos que lo esencial se pierda entre oropeles pasajeros: “Un caos de caras, y no se ve, entre la nieve,/ el camino que lleva a Belén”. ¿Qué no estamos viendo nosotros en la Navidad?

El nacimiento de Jesús llama a la unión: en otro poema que resalta la precariedad del pesebre y el frío nocturno del desierto, la voz del poeta dice: “La hoguera ardía, pero la leña se acababa./ Todos dormían. La estrella destacaba entre las demás/ no por su resplandor, quizá excesivo, sino porque unía/ al que estaba lejos con el más cercano”. Sigue el poeta: “El mañana feliz no pertenece/ a la competencia, sino a la unión”. Y nos hace pensar en la novedad de vivir plenamente nuestra singularidad: “Todos seremos iguales en el ataúd./ ¡Tengamos en vida rostros diferentes!”.

Enternece imaginar, como lo hizo Brodsky, a María cantándole a su niño una canción de cuna, que hubiera podido ser esta: “No te tuve en el desierto/ al azar:/ no había allí nadie,/ ni el zar…/ Unos tienen muñecos, pelotas,/ la casa llena./ Tú, para tus juegos de niño,/ toda la arena”. Conmueve pensar en una cueva, “¡al menos un hogar/ más seguro que la suma de ángulos rectos!”. Brodsky considera que todos tenemos una luminosidad que nos guía y que algún milagro llegará a nuestras existencias: “¡Cuánta luz se metió en ese trozo de estrella/ al llegar la noche!”.(O)

El niño que juega con la arena
Hay algo bien fuerte en la época de Navidad: mientras para unos colorea la unión espiritual en la familia, para otros es una festividad en que la pobreza material y la injusticia se hacen más notorias e insufribles.
2018-12-21T00:00:53-05:00
El Universo

Te recomendamos