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Los dos hijos de Dios

13 de Diciembre, 2018
13 Dic 2018
13 de Diciembre, 2018 - 00h00
13 Dic 2018

Puede resultarnos sorprendente, y quizá escandaloso, saber que Jesús no fue el único hombre proclamado como “hijo de Dios” en la antigüedad. Sin embargo, es un hecho que la mente antigua no separaba el reino divino del humano, por lo que para ellos era perfectamente concebible que existan grandes personajes nacidos de la intersección entre ambos mundos.

El emperador César Augusto fue precisamente una de esas personas. Suetonio, historiador de la época, nos relata que su madre, Atia, fue realmente impregnada sobrenaturalmente por Apolo. Esa creencia, sumada al hecho de que su padre adoptivo, Julio César, fue divinizado por el Senado, le valió al emperador el título de “Divi Filius”, el hijo de Dios, título que sería estampado en las monedas imperiales junto a su rostro. Asimismo, el poderío y majestad del emperador le valieron varios otros títulos que nos sonarán familiares como “Salvador del Mundo”, “Redentor”, “Señor” y “Dios de Dios”, entre otros calificativos religiosos, a la vez que relatos contemporáneos dicen que el divino Augusto era capaz de obrar milagros. En realidad, no debería sorprendernos que dichos títulos hayan sido otorgados a Augusto durante su vida. Ciertamente, razonaban los antiguos, un hombre con la gloria y majestad del César no podía ser un simple mortal.

Hoy en día es difícil para nosotros entender el grado de subversividad política que exhibieron los cristianos primitivos al proclamar a su líder, un campesino crucificado, como el auténtico “hijo de Dios”. En efecto, la verdadera originalidad y escándalo del cristianismo no fue proclamar que un humano haya participado en la naturaleza divina, ya que para los antiguos eso no era nada raro, sino insistir en que esa naturaleza divina se manifestó en un pobre carpintero judío. El poder de Augusto todos lo podían entender: levantar y arrasar ciudades, movilizar ejércitos, imponer impuestos y crucificar cuerpos. Todos podían entender el poder que provenía del orgullo, la fuerza y la riqueza. Pero, ¿qué poder podía provenir de un crucificado? ¿Qué poder podía provenir de un marginado?

Sin embargo, los primeros cristianos proclamaron la paradoja, arrebatándole los títulos que Roma había reservado para el poder imperial y entregándoselos a alguien que fue ejecutado por ese mismo poder. Tan orgullosos estaban de esta paradoja que el autor del evangelio de Lucas decidió, de modo deliberado, situar el nacimiento de este “hijo de Dios” en un humilde pesebre. Para el evangelista, la marginalización y exclusión de este hijo de Dios no solo caracterizó su muerte, sino también su nacimiento.

Pero al igual que el vidrio roto se alisa cuando pasa mucho tiempo en el mar, siglos de tradición eclesiástica han domesticado ese peligroso mensaje, el cual hoy parece haberse convertido en algo inofensivo y trivial. Hoy en día las cruces son usadas como joyas, los pesebres vistos como juguetes y muchos de los que profesan seguir al crucificado realmente actúan como discípulos del divino Augusto.

Se acerca la Navidad y con ella, a pesar de estar enterrada en capas de trivialidad y materialismo, nos vuelve a presentar la subversiva paradoja. ¿A cuál de los dos hijos de Dios vamos a seguir? (O)

Los dos hijos de Dios
Los dos hijos de Dios
2018-12-13T00:00:58-05:00
El Universo

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