El anhelo de felicidad

18 de Noviembre, 2018 - 00h00
18 Nov 2018 - 00:00
18 de Noviembre, 2018 - 00h00
18 Nov 2018

Basta arañar sobre cualquier superficie conversacional, sobre los puntos habituales de la mensajería digital para toparse con el concepto: nos desean felicidad, nos regalan palabras optimistas, nos proponen que toquemos las nubes de los mejores sueños. ¿En qué momento se instaló en la comunicación diaria esta fraseología?, me pregunto, cansada, de esta ola de bienaventuranza que campea por las redes sociales en medio de imágenes de olas de mar o firmamentos estrellados.

No solo muestra un rostro de los nuevos hábitos generados por la tecnología: saludar y despedir el día a buena parte –o a todos– de los nombres de la agenda personal, con una puntualidad digna de mejor causa, sino que revela las entretelas de las tradiciones culturales e ideológicas que se nos han impregnado en el inconsciente y que nutren nuestro comportamiento. Hubo un tiempo en que creíamos que habíamos nacido para cumplir deberes, que la buena voluntad nos guiaba hacia fines morales, cuya obligatoriedad funcionaba aun cuando fracasara en la consecución de sus metas. Todo esto Kant dixit, clara está.

Antes, una interpretación de la doctrina cristiana –como me lo recuerda Abad Faciolince en mi más reciente lectura– predicó la resignación ante los males de este mundo porque estarían compensados con la dicha eterna del cielo. Hasta que en tiempos más recientes se dio un giro a esa posición y se nos dijo que Dios desea nuestro bienestar aquí en la tierra mientras seamos sus fieles y practiquemos las buenas obras.

Pero como el mal acecha por todas partes –sean cuales fueren las explicaciones de su origen, desde la más rancia ortodoxia que lo ve como triunfo del demonio, o como expresión del desequilibro psicológico o de la enfermedad social que se llama desigualdad–, levantamos una muralla de buenos deseos en nuestro torno y en el de nuestros seres queridos a costa de palabras. “Que tengas un buen día”, “Que Dios te bendiga y te proteja con su manto” (siempre me ha llamado la atención esta alusión al manto que debe ser a la figura histórica de Jesús y de su madre María, de lo contrario ese vestuario es un alarde imaginativo), y demás frases generosas que pululan en el firmamento digital y suponen un bombardeo mañanero.

Los autores de autoayuda, cierta prédicas evangélicas, el buen decir de los amigos tratan de convencernos de que la felicidad es la meta de la vida. Algún matizador del ideal dice que esperemos, no más, momentos felices, períodos de bienandanza en los cuales el placer tiene mucho puesto. El verbo “disfrutar” también se conjuga mucho en las redes sociales y a la gente le gusta mostrar esas prácticas del disfrute que casi siempre tienen el mismo diseño: mesas opíparas, viajes en lugares exóticos, deportes de riesgo, hoteles exclusivos. ¡Qué contradicción más flagrante la de esta humanidad tan multiplicada y su deseo de exclusividad, dando el espectáculo de muchedumbres paseantes que buscan los espacios reducidos, al mismo tiempo que el negocio del turismo llama a la masa!

Lo cierto es que la búsqueda de la felicidad florece en el corazón humano, avivada por una frenética propaganda que la muestra como posible. La vida real es otra cosa.

(O)

El anhelo de felicidad
Los autores de autoayuda, cierta prédicas evangélicas, el buen decir de los amigos tratan de convencernos de que la felicidad es la meta de la vida. Algún matizador del ideal dice que esperemos, no más, momentos felices, períodos de bienandanza en los cuales el placer tiene mucho puesto.
2018-11-18T00:00:30-05:00
El Universo

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