Salir de las cavernas

8 de Noviembre, 2018
8 Nov 2018
8 de Noviembre, 2018 - 00h00
8 Nov 2018

Al apuro me pongo el abrigo negro, me enrosco un larguísimo chal azul con lunares rojos, meto los pies en mis botines nuevos y solo me doy cuenta de lo incómodos que son (el infierno: zapatos come-medias) cuando ya estoy corriendo escaleras abajo con la bebé en un brazo y el bolso en otro. La meto en su cochecito azul aparcado a la entrada del edificio. Camino lo más rápido que puedo, pero en cada esquina tengo que parar a subirme las medias que ya me han dejado los tobillos desnudos a merced del cuero asesino. Llego cuarenta minutos tarde a la escuela de mi hija mayor. La encuentro en el patio a punto de romper a llorar. Cuando la abrazo llora, como lloramos todos cuando tenemos miedo y nos llena de alivio el abrazo de alguien amado.

El camino de vuelta basta para que la bebé se quede dormida y la niña y yo hagamos las paces: hablamos y escuchamos, describimos, preguntamos, comprendemos, perdonamos. Al llegar al portón de nuestro edificio notamos que el cielo se ha puesto de color rosa y los cuervos ya han empezado su ritual del ocaso: sus negras siluetas surgen de repente de las copas de los árboles llenando de graznidos el cielo de otoño. Decidimos quedarnos afuera junto al atardecer. Cruzamos la calle y atravesamos el túnel que lleva al traspatio del condominio de enfrente, donde el verano pasado descubrimos un columpio que jamás está ocupado por otros niños. Mientras mi hija grande se columpia y la pequeña duerme, subo la mirada al cielo, sigo los graznidos de los cuervos y aterrizo ante un árbol cuyo tronco está envuelto por una montaña de hojas amarillas. Se ve tan bello bajo la luz del otoño, acurrucado entre sus hojas muertas que lo acompañarán hasta que llegue el viento.

¿Conocen ustedes ese sentimiento de serenidad cuando no hacemos más que observar en silencio a nuestro alrededor, cuando nos contentamos simplemente con estar, con estar ahí junto al árbol, las niñas y los pájaros, bajo el cielo de colores? Prestarles atención a los seres y objetos próximos, observarlos, escucharlos, vivir esa experiencia al parecer insignificante sin desear estar en otro lado, parecería ser hoy una extravagancia o un lujo. En cambio andamos por la vida permanentemente distraídos, montando un carrusel de noticias y mentiras, mensajes escritos y leídos al apuro, malentendidos e incompletos, retazos de vidas ajenas ocupando nuestra mente. La cabeza atiborrada de ideologías, el corazón rumiando agravios, la ilusión estancada en futuros apocalípticos. Ruido, demasiado ruido. En esas condiciones es imposible aprender a vivir.

Sandel coincide con Achille Mbembe, un pensador camerunés, quien explica que según la cosmovisión africana al ser humano lo definen las relaciones con los otros, las cuales lo transforman.

Sentada junto a mi bebé durmiente y mi niña voladora recuerdo la entrevista que leí esta mañana, donde Michael J. Sandel, profesor de Filosofía Política en Harvard, afirmaba que la democracia no era posible en la fugacidad y dispersión en que vivimos. Requerimos espacios de encuentro con nosotros mismos y con los otros. Hay que cultivar el arte de escuchar, dialogar y descubrir cómo nos transformamos en la interacción cara a cara con el otro. Sandel coincide con Achille Mbembe, un pensador camerunés, columnista invitado del diario alemán Die Zeit, quien explica que según la cosmovisión africana al ser humano lo definen las relaciones con los otros, las cuales lo transforman.

Pienso en cómo me han transformado a mí mis hijas, cómo han desarrollado mi capacidad para escuchar, observar, sentir, preguntar y dialogar. Cada día me recuerdan lo importante e intenso que es estar ahí, simplemente estar presente, atenta a la vida. Es una actitud en peligro de extinción en un mundo que prioriza el tener, el decir y el hacer por sobre el ser y el estar, y donde vivimos encerrados con nuestra tribu en nuestras propias cavernas de las ideas, atontados ante las paredes-pantallas donde desfilan sombras enormes y enloquecidas, mientras que afuera florece y se marchita el mundo. De vez en cuando salimos de las cavernas, tan enceguecidos y mareados por los eslóganes y las imágenes que corren por sus paredes, que ya no somos capaces de despertar a la vida. Encorvados bajo nuestras opiniones, hemos perdido la agilidad para hacernos preguntas nuevas y escuchar otras respuestas. En lugar de adaptar nuestros juicios a la verdad, nos obstinamos en lo contrario: retorcer el mundo para amoldarlo a nuestra ideología. Cada tribu vive en su caverna, unida en la ilusión de un enemigo común.

La única revolución que va a cambiar el mundo es una que no se llame revolución, es la resistencia pacífica del que piensa lentamente, del que escucha más y opina menos, del que lee más y escribe menos. Si existe algo que podría salvar la democracia hoy es el arte de dialogar y llegar a acuerdos, de prestar atención y esforzarse por comprender, de tomar decisiones nacidas de las preguntas correctas y adaptadas al mundo que está cambiando y transformándonos. (O)

Salir de las cavernas
Al apuro me pongo el abrigo negro, me enrosco un larguísimo chal azul con lunares rojos, meto los pies en mis botines nuevos y solo me doy cuenta de lo incómodos que son (el infierno: zapatos come-medias) cuando ya estoy corriendo escaleras abajo con la bebé en un brazo y el bolso en otro.
2018-11-08T00:00:38-05:00
El Universo

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