Rutinas

12 de Octubre, 2018 - 00h00
12 Oct 2018 - 00:00
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12 Oct 2018

Desafortunadamente en los últimos años hemos venido resaltando el lado negativo de nuestra costosa burocracia; su incompetencia primero y su soberbia después, para acabar en los reiterados hechos de corrupción. Esto nos debe llevar a pensar seriamente en reformar nuestros Estados, de manera que no se constituyan en la comidilla cotidiana de los hechos de corrupción y se transformen, por el contrario, en cuerpos que rutinariamente realizan su labor sin llamar la atención.

El gran debate de la democracia de este siglo es en torno a la calidad de gestión de nuestros mandantes y funcionarios. En ese escenario se dilucidará el futuro de este sistema político que hoy cruje peligrosamente. Estamos buscando sancionar un sistema que no se corresponde a nuestros anhelos, y en ese camino lo castigamos eligiendo a Chávez en Venezuela hacia finales del siglo pasado y a Bolsonaro en Brasil hace unos pocos días. La reflexión sería: ¿por qué se suicidan las democracias? Y la respuesta es simple. Los supuestos demócratas no logran entender qué es aquello que quienes lo eligieron y los sostienen con sus impuestos anhelan de ellos. La notable desproporción entre los salarios del sector público y su abierta característica parasitaria en otros casos nos muestran que el tamaño del problema no es percibido y solo se notan sus efectos cuando se eligen a los que castigan el sistema manteniendo su formalidad electoral.

Requerimos una gran épica transformadora que desde lo público se reconcilie con la eficacia, transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad con el servicio público. En estos días de visita a los Estados Unidos he podido comprobar que más del 50% de los alcaldes de este país ya no son electos sino que son contratados por la junta municipal o cuerpo deliberante. Estos community managers tienen tiempo de duración y mandatos claros: deben hacer funcionar el aparato público de manera eficaz, basado en rutinas de gestión que satisfagan a sus contratantes y mandantes indirectos. El modelo no deja de ser interesante porque apunta a la escasa eficacia de partidos políticos en realizar la tarea de convertirse en correas de transmisión de los deseos de sus votantes y las acciones concretas que se necesitan.

Nadie, sin embargo, se anima a ponerse el cascabel al gato llamado Estado porque así como está les es muy funcional a todos los que medran de él y lo convierten de manera reiterada en un símbolo del fracaso de la democracia. Esta debilidad permea aún más los efectos de la corrupción, aumenta el tamaño del poder corporativo privado y sume en un gran descontento a la población en torno a lo que en realidad importa en la acción democrática.

Es tiempo de volver a mecanismos de selección más rigurosos, seguimiento de gestión más eficientes y una actitud del mandante más sólida, que hagan que la rutinaria gestión de los mandantes o electos no sea noticia por su reiterada corrupción sino por la imperceptible calidad de su gestión. (O)

Rutinas
Desafortunadamente en los últimos años hemos venido resaltando el lado negativo de nuestra costosa burocracia; su incompetencia primero y su soberbia después, para acabar en los reiterados hechos de corrupción.
2018-10-12T00:00:55-05:00
El Universo

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