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El mitómano de Adolfo Macías

2 de Octubre, 2018
2 Oct 2018
2 de Octubre, 2018 - 00h00
2 Oct 2018

La última novela de Adolfo Macías se titula El mitómano (Seix Barral, 2018). Puesta así en el encabezamiento de este artículo, sin una coma entre el título y el nombre del autor, habrá llevado a más de un lector a suponer que Adolfo Macías es un mitómano. No lo es. Lo fue. Lo ha declarado él mismo. Y dijo haberlo sido en grado patológico. También dice que se ha curado. Le creo. Pero no tanto. Que ahora publique esta novela con ese título es una cortesía de su sanación que no se puede pasar por alto, tratándose de una ficción. Y es una de las mejores ficciones que ha publicado Macías en una trayectoria ejemplar en la novelística ecuatoriana. Ejemplar porque, además de contar una historia apasionante, la del mitómano Armando Barahona, modesto vendedor de motos y apocado marido, Macías ofrece un complejo ejercicio de reflexión narrativa sobre el hecho de la mentira, el ocultamiento y la búsqueda de la verdad por los caminos abiertos de la ficción.

Homologar la mentira con la ficción es un ejercicio de larga data que Mario Vargas Llosa remarcó con su ensayo La verdad de las mentiras. Pero binomio verdad-mentira, o ficción-realidad, ratifica un tópico inocuo. Creo que deberíamos abrir el espectro a otros términos. Pienso, por ejemplo, en secreto y conjetura. Toda novela es un proceso continuo de revelación, una promesa proliferante. Datos o indicios, no hechos, que abren al lector la posibilidad de prefigurar lo que va a ocurrir. Quizá este es uno de los mayores placeres de la lectura de novela. Con un acontecimiento histórico o real, hay o puede haber información previa o paralela. Con una novela, no. La única información posible es la que va dando el texto. El lector está atado a ella. No hay manera de ir a buscar la referencia. En este sentido el pacto ficcional es un pacto de confianza pero también un pacto de precariedad estimulante. La prefiguración es, por supuesto, una conjetura. A medida que avanza la novela se ratifican o descartan las conjeturas. Pero si la conjetura se da o se produce es porque no se alcanza todavía esa revelación final, ese secreto latente que empuja a seguir leyendo. Incluso cuando la novela ha acabado, queda rondando lo que pudo pasar a continuación. De manera que es preferible hablar de provisionalidad, de estaciones de paso, hacia una promesa que no necesariamente se va a cumplir. Roberto Musil, autor de esa novela desbordada, sin final, que es El hombre sin atributos, decía que se sentía, al escribir, “como si llevara colgando una cadena invisible con una llave de oro oculta con la que, cuando nadie le vea, abrirá la puerta de unos maravillosos jardines”.

Al leer El mitómano uno se pregunta qué va a pasar con el personaje frente a su mujer, que le exige que ya no mienta, y frente a su clientela, que necesita la idealización de las motos que vende. ¿Llegarán esos maravillosos jardines de Musil? Hay un momento en la novela cuando Armando decide ser sincero al vender una moto. Empieza a transparentar sus dudas y el cliente se echa para atrás. Uno piensa en ese momento: miéntele, exagera, infla tu producto. No solo estás matando su compra, sino su ilusión. En el plano real se agradece la honestidad, pero esta es una puerta cerrada en el plano ficcional. El lector de una novela no va a comprar esa moto, quiere ver la ilusión del personaje que quiere comprarla. Esta distinción es básica.

Macías ofrece un complejo ejercicio de reflexión narrativa sobre el hecho de la mentira, el ocultamiento y la búsqueda de la verdad por los caminos abiertos de la ficción.

La “verdad” o el “secreto” que esperamos de una novela, no es la información “real” sino la emoción de los personajes, viva o no en el equívoco. Es un tipo de verdad distinta, que no apela a una supuesta realidad esencial y definitiva, sino a una verdad provisional y emotiva. Más que una verdad, es el recorrido de su búsqueda. El momento que el lector percibe el error o la infatuación o la seducción que vive el personaje, descubre la posibilidad de que eso mismo pueda pasarle a él. Queda alertado de la posibilidad del error o del equívoco. Quizá uno de los logros mayores en una novela, y uno de los más difíciles de conseguir para quienes las escriben, es construir el equívoco y que el lector se dé cuenta antes que el personaje. De manera que más que engaño o mentira, lo que hay es un secreto que hace permisible la invención de la conjetura y el movimiento de búsqueda. Es decir, activar la imaginación. Solo lo que se asoma e insinúa provoca deseo, y el deseo provoca vida y movimiento.

Esto exige un gran sentido del humor. Cuando un niño decide ponerse una aleta de tiburón en la espalda y sumergirse en el mar para que los demás se asusten creyendo que ronda un tiburón por las aguas, el humor ligeramente perverso es descubrir cómo las personas reaccionan frente a un engaño, como su reacción es idéntica frente a un tiburón de verdad como frente a un simulacro. Quien hace esa travesura, y quien la sabe desde un comienzo, se ríe porque se da cuenta de que él mismo es precario y que puede equivocarse tanto como las personas que dieron por cierto al tiburón. Por eso la importancia de que una novela resquebraje el campo de lo real: para que no tenga consecuencias dañinas para los lectores. La broma de la aleta de tiburón, en la realidad, puede darle un infarto a una persona que sale corriendo del mar porque supone que hay un tiburón. En una ficción no hay riesgo en el mismo grado.

Esto y más sugiere El mitómano de Macías. Ahora que se promueve tanto la no-ficción, conviene tener presente lo que ofrece la ficción. Epicteto lo resumió hace siglos: “Los hombres no sufren por los hechos (prágmata) sino por las representaciones (dógmata) que tienen de los hechos”. Las grandes novelas ayudan a desmontar la representación dogmática. (O)

El mitómano de Adolfo Macías
La última novela de Adolfo Macías se titula El mitómano (Seix Barral, 2018).
2018-10-02T00:00:49-05:00
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