Contradíganme, por favor

21 de Septiembre, 2018
21 Sep 2018
21 de Septiembre, 2018 - 00h00
21 Sep 2018

Tengo un pequeño ritual masoquista: cuando estoy a punto de terminar mis columnas, me siento a la mesa de la cocina, café en mano, y le cuento a mi marido sobre qué he pasado escribiendo todo el día, e incluso le traduzco al inglés (no habla español) las frases que, según yo, me salieron más sabrosas. Nada más oírlas salir de mi boca ya me avergüenzo: suenan tan trilladas, innecesarias. Pero lo que termina por incitarme a una masacre textual, tras la cual mis escritos renacen cual Fénix de sus cenizas, es su inevitable comentario: “Quizá tengas razón, pero…”.

Mi marido es incapaz de decir: “Estoy totalmente de acuerdo contigo”. Basta con que la gente a su alrededor (especialmente las mayorías, las que buscan imponer las nuevas reglas, las que dictan las tendencias de turno) opine de una manera para que despierte el “contrapuntista” que vive en él. Esa actitud de rebelde de barrio ejerce sobre mí un efecto poderoso: me fascina la gente que actúa, habla y piensa en su propia onda, esos que se reservan el derecho a formarse sus propias opiniones. Y no es suficiente que esa opinión sea diferente, tiene que ser sorprendente, basada en datos reales, nacida de la mirada penetrante e insobornable de un alma soberana (y por ser una opinión libre, no estar tallada en piedra).

Un estudio del Ministerio danés de Medio Ambiente reveló que tendríamos que reusar una bolsa de papel al menos cuarenta y tres veces para que su impacto medioambiental fuera igual o menor al de la típica bolsa plástica de un solo uso.

Enamorada, pues, de quienes piensan con su propia cabeza y no se dejan embaucar por las tendencias, no sorprenderá que mi columnista favorito, el alemán Harald Martenstein, haya confesado que a la hora de escribir lo primero que hace es enterarse de lo que opina el coro para entonces darse a la labor de representar la postura contraria. Lo dice medio en broma, claro (como todo genio, brilla por su sentido del humor), jamás defendería cosas indefendibles como el racismo. Su talento para incomodar, cuestionar y provocar le vale naturalmente cataratas de insultos. Y es que muchos prefieren leer opiniones que coinciden exactamente con las suyas, para entonces poder decirle al columnista aquello que todo narcisista considera la mayor alabanza que se puede hacer a otro ser humano: “Me quitó las palabras de la boca. Opino precisamente lo mismo que usted. Gracias”.

No hay nada de malo en que los lectores se sientan identificados con nuestras opiniones. Es cómodo, una caricia a nuestros egos. El problema es que nos hemos vuelto incapaces de valorar una opinión que nos contradice. No sabemos responder a una provocación sin explotar en furia: “o estás conmigo o estás en mi contra” parece ser la consigna de nuestros días.

En fin, fiel a mi ritual, ayer le conté a mi marido que estaba escribiendo sobre los ocho millones de toneladas de plástico que anualmente lanzamos a nuestros mares y sobre las iniciativas para prohibir el uso de sorbetes y bolsas plásticas… Pausa dramática… “¿Sorbetes?”, rio ese malvado encantador: “Placebo para aplacar las malas consciencias. Puro populismo. Sorbetes… lo que nos faltaba. Veo que alguien quiere desviar la atención de los problemas grandes”. Me defendí: “Evidentemente es un problema menor, pero es un pequeño paso en el camino a prevenir la destrucción de nuestro planeta”. “No, es algo mínimo para distraer de lo grande. No es un paso al que seguirán otros hasta llegar a una meta, no te engañes. Es circo para que la gente se sienta bien consigo misma, para que las ciudades se hagan propaganda, para sumar una prohibición más a todas las prohibiciones que nunca han logrado cambiar de verdad la mentalidad de la gente...”. Incómoda, inquieta, regresé a mi columna, investigué en nuevas fuentes, contrasté, reflexioné, di dos clics: eliminar documento, nuevo documento.

Comparto con ustedes algunos datos para repensar la campaña “sin sorbete (o sin funda) por favor”: Un estudio del Ministerio danés de Medio Ambiente reveló que tendríamos que reusar una bolsa de papel al menos cuarenta y tres veces para que su impacto medioambiental fuera igual o menor al de la típica bolsa plástica de un solo uso. Y una bolsa de algodón orgánico tendría que reusarse veinte mil veces para producir un daño ambiental menor o igual al de una bolsa plástica (tomando en cuenta factores como el impacto sobre el agua, las emisiones de CO2, el uso de tierras). Las prohibiciones (sorbetes, fundas plásticas) crean la ilusión de que están resolviendo el problema de polución por plástico, distrayéndonos de la búsqueda de soluciones sistemáticas. No basta con prohibir productos dañinos, debemos invertir en la búsqueda de alternativas, por ejemplo, las bolsas de poliéster que reusadas treinta y cinco veces causan el menor impacto medioambiental conocido, el rediseño de plásticos para facilitar su reciclaje sin perder calidad (actualmente solo reciclamos el 9% del plástico), mejores tecnologías de reciclaje… (Y ahora que he terminado mi segunda versión de esta columna, ni muerta regreso a la cocina para un nuevo round). (O)

Contradíganme, por favor
Tengo un pequeño ritual masoquista: cuando estoy a punto de terminar mis columnas, me siento a la mesa de la cocina, café en mano, y le cuento a mi marido sobre qué he pasado escribiendo todo el día, e incluso le traduzco al inglés (no habla español) las frases que, según yo, me salieron más sabrosas.
2018-09-21T00:00:29-05:00
El Universo

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