Hoja de ruta

12 de Septiembre, 2018 - 00h07
12 Sep 2018
Sep 12, 2018 - 00h07

La vorágine de noticias sobre la realidad nacional hace que el ciudadano/a común (ese que habita mayormente en las ciudades, trabaja desde temprano, se duerme en los buses, disfruta de los partidos de fútbol y de la reunión con los amigos y amigas del barrio, ese que es uno de los motores del desarrollo del país) esté cansado. Harto de que un escándalo suceda a otro sin tiempo para digerirlos, que la danza de millones de dólares que fueron robados, cuya cifra no puede ni siquiera imaginar, sigan en lugares secretos, mientras los ladrones juegan a las escondidas con la justicia.

Una especie de modorra, de insensibilidad y falta de reacción, invade el entramado social, acompañado de incredulidad ante los que se proclaman a sí mismos actores políticos, pues en su gran mayoría atacan con ahínco lo que antes defendían sin temor.

Ese letargo permite sobrevivir con menos angustias, pero paraliza las reacciones de la sociedad para buscar activamente una solución o al menos construir una esperanza. Pareciera que, tal vez por su cercanía a la madre tierra, los campesinos, los movimientos indígenas, estuviesen más preparados para cuestionar, para movilizarse y, sobre todo, para aportar.

Si agregamos que un actor casi invisible y omnipresente es el narcotráfico y su red de dinero fácil y peligros múltiples, de tejidos de corrupción con capacidad de decisión en muchas instancias, la necesidad de ayuda exterior se torna urgente.

¿Cómo encarar entonces el futuro inmediato de un país dinamitado en sus cimientos éticos, políticos, económicos, sociales?

¿Quién puede pensar seriamente en ser candidato a presidente de un país quebrado en muchos aspectos?

La tarea se avizora descomunal. No puede ser obra de una persona, ni de un partido, ni de un movimiento, debe ser obra de un gran despertar nacional, de un ponerse en pie sobre los escombros y querer levantarse y levantar a nuestra sociedad. No basta una persona capaz para sacar adelante el país, ni es suficiente un partido o movimiento bien estructurado. Hace falta la pasión, el convencimiento, la disciplina de la mayoría. Las ganas y la certeza de que es posible desterrar las prácticas de corrupción y construir un país en que las leyes no sean adornos, sino mandatos para los empresarios, políticos, profesionales y –tal como debe de ser– para todos los habitantes del país.

Requiere que haya acuerdos mínimos pero fundamentales sobre temas neurálgicos con acciones a corto, mediano y largo plazo. Necesitamos una hoja de ruta que guíe los esfuerzos de todos los ciudadanos para emerger juntos como cuando las grandes catástrofes unifican al país en la ayuda y la solidaridad.

Definir cuáles son los temas que de verdad importan a todos, someterlos a una consulta popular parece ser la manera idónea de legitimar y marcar esa hoja de ruta para quien quiera que no le tenga miedo de guiar a buen puerto, un barco averiado en la tormenta, pueda intentar hacerlo.

Porque el miedo también hace política. Las ultraderechas, los movimientos nazis y xenófobos que irrumpen en muchas sociedades europeas, del Medio Oriente y también, muy cerca nuestro, en nuestro vecindario y en nuestras instituciones, no son más que espejos de una sociedad que se retrae y quiere proteger lo que tiene, lo que le queda, expulsando cualquier asomo de peligro representado por extraños de cualquier país, raza, color, ideología, religión, edad, opciones sexuales, que les resulte diferentes.

Recuperar la institucionalidad es tarea de todos.(O)