Eugenio Arellano, el pastor de Esmeraldas

13 de Junio, 2018
13 Jun 2018
13 de Junio, 2018 - 00h00
13 Jun 2018

Lo conocí en actividades y contextos muy diferentes. Había oído hablar mucho de él, de su cariño y entrega a la gente, de su compromiso real y cercano con los pobres. Cuando participé en una ceremonia ecuménica de la que Mons. Arellano era parte, su transparencia y respeto con las diferentes maneras de relacionarse con Dios y su profundidad espiritual me conmovieron. Lo suyo no eran poses ni ritos vacíos. Era vida que nacía de lo profundo de su ser, que lo exponía vulnerable a los demás y lo acercaba a todos y nos unía al Dios que amaba.

Luego vinieron otros encuentros. Recuerdo sobre todo su presencia en un campamento que celebramos con jóvenes pertenecientes a pandillas en la ciudad de Esmeraldas, liderado por el padre José Antonio Maeso, JAM, en la jerga juvenil. Permaneció todo un día sentado acompañando, escuchando, participando. Parecía conocer a todos los jóvenes esmeraldeños por su nombre, les preguntaba además por sus familias. Otra ocasión, muy temprano en la mañana, se sentó en el campo en medio de ellos y los guiaba en el descubrimiento de Dios, la naturaleza, los otros.

Realmente es raro encontrar un obispo tan cercano a su gente, tan sencillo y a la vez con tal sentido del humor.

Por eso me conmovió escuchar parte de un sermón a propósito de lo que sucede en Esmeraldas, y que me permito, porque está en las redes sociales, compartir con los lectores.

“Los acontecimientos de violencia que estamos viviendo en la zona norte me dan mucho que pensar. Ustedes saben mejor que yo que la violencia es un fruto que solo nace, solo se cría en el árbol de la injusticia, otro árbol no da violencia, solo el de la injusticia. Y la violencia que estamos cosechando en la frontera norte nace de la injusticia y el abandono secular a los que ha sido sometida por muchos gobiernos que han ido pasando, uno tras otro, y que han ignorado esa fracción del pueblo negro. La han dejado en el abandono más tremendo. Cuántos jóvenes de Esmeraldas, de San Lorenzo, de Mataje, quisieran tener la disponibilidad económica que ha tenido Guacho para poder favorecer a su familia. Pero no la tienen, la tienen que buscar en la violencia de la guerrilla o en el narcotráfico, porque no hemos sabido como sociedad ofrecerles otra cosa. Los hemos visto como negritos, los hemos folclorizado. Cuántos jóvenes quisieran tener oportunidades, pero se les cierran las puertas. Algunos de nuestros jóvenes después de años de sacrificio y de estudio, de quemarse los ojos en una universidad tienen que sucumbir a la corrupción para conseguir un puesto de trabajo. Y nos callamos y lo sabemos todos. Nos callamos. Eso nos hace cómplices de una injusticia social tremenda. El muchacho aspira, estudia, va a la universidad, se gradúa, es un profesional, quizás el primer profesional de la familia, y pasan los años y no encuentra trabajo. Tiene que dar $ 4.000, $ 10.000, $ 12.000 si quiere trabajar en una empresa pública en Esmeraldas. Todos lo sabemos y nos callamos. Ese es nuestro mundo de injusticia y está allí ese sufrimiento que pesa sobre el colectivo de nuestro pueblo pobre de Esmeraldas que soporta nuestro pecado, que lleva encima nuestros crímenes. Lo que le afea son nuestras deficiencias. Es verdad, queridos hermanos, no estoy exagerando nada, nada, nada”. (O)

Eugenio Arellano, el pastor de Esmeraldas
Lo conocí en actividades y contextos muy diferentes. Había oído hablar mucho de él, de su cariño y entrega a la gente, de su compromiso real y cercano con los pobres.
2018-06-13T00:00:35-05:00
El Universo

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