Un antes y un después

Martes, 17 de Abril, 2018 - 00h00
17 Abr 2018
Martes, 17 de Abril, 2018 - 00h00
17 Abr 2018

No son comunes los hechos que logran marcar un antes y un después en la historia de una nación. El secuestro y posterior asesinato a sangre fría del equipo periodístico del diario El Comercio por parte de un ala disidente de la organización narcoterrorista conocida como FARC es ciertamente uno de esos hechos. En cosa de pocos días, nuestro país ha cambiado sustancialmente. No nos engañemos, el Ecuador ya no será más el mismo. Por más que tratemos de ocultarlo, de seguir adelante con nuestras vidas ignorando la gravedad de lo ocurrido, lo cierto es que, querámoslo o no, el país que tenemos por delante ha entrado a un nuevo e incierto capítulo de su ya atribulada historia.

Este nuevo fenómeno del terrorismo debería obligar a las élites, en general, y al Gobierno, en especial, a introducir en la agenda nacional el elemento de la seguridad con todos sus costos económicos, políticos y sociales. Habrá mucho que revisar –como el irresponsable chauvinismo hacia la cooperación internacional– y mucho que aprender, especialmente de los errores de Colombia. Y deberá obligarnos a los ecuatorianos a abandonar la facilista actitud de no involucramiento en los asuntos de interés público, cuyo silencio o miedo permitió que nuestro país se convierta en una cueva de ladrones liderado por un fascista de mediocre inteligencia y una cuadrilla de asaltantes.

El presidente ha acusado a su antecesor de haber mantenido una política de permisividad con respecto al narcoterrorismo, lo que explica que hechos como el ocurrido no se registraran durante la década pasada. Tan pronto como esa política de complacencia y permisividad terminó, tan pronto como el actual gobierno se salió de esa suerte de libreto pactado, entonces también terminó la falsa paz que habíamos tenido. Debemos suponer que a estas alturas esa política de permisividad ya es objeto de una investigación que debería concluir en un enjuiciamiento penal a todos aquellos que fueron responsables de semejante delito contra la seguridad nacional. No podría tan grave crimen quedar impune. Debe existir mucha información –escrita y testimonial– de cómo se forjó esa política de complacencia hacia la narcoguerrilla.

El presidente Moreno ha convocado a la unidad nacional. Es un llamado justo. Si los ecuatorianos no cerramos filas para enfrentarla, la narcoguerrilla terminará derrotándonos. Pero la unidad de una nación, así como la paz de un pueblo, solo será auténtica –y por lo tanto efectiva– si se basa en objetivos claros y actitud transparente. Será muy difícil que el país responda afirmativamente a este llamado a la unidad si no hay un cambio sustancial en su gobierno.

El presidente no solo debe dar muestras de que es capaz de hacer importantes declaraciones, sino que también sabe cómo materializarlas. A la narcoguerrilla no la derrotan solo las palabras si no las acompañan las acciones. Vivimos hoy ese después que nos negamos a reconocer en su momento. De los legados dejados por el correísmo –corrupción sistémica y quiebra económica–, el de la narcoguerrilla es, sin duda, el peor.

(O)

Un antes y un después
No son comunes los hechos que logran marcar un antes y un después en la historia de una nación.
2018-04-17T00:00:33-05:00
El Universo

Te recomendamos