La hora oscura

17 de Abril, 2018
17 Abr 2018
17 de Abril, 2018 - 00h00
17 Abr 2018

La exposición del Centro Cultural Metropolitano de Quito, titulada “Desmarcados: indigenismos, arte y política”, concluirá a inicios de mayo. No hay que perdérsela. El cuidado interdisciplinar del riguroso equipo de curadoras compuesto por María Elena Bedoya, Lucía Durán, Pilar Estrada, Alexandra Kennedy y Trinidad Pérez, permite observar lo que fue este movimiento. Las cinco salas en las que está distribuida la exposición –la quinta está en el Museo de la Ciudad– abren la reflexión. Me interesa la dinámica del recorrido por las obras, donde predomina el trabajo pictórico y visual. Ni qué decir que es revelador en Camilo Egas su alegría frente a los motivos indígenas que no son tratados como un escenario de atrocidades. Destaco incluso un pequeño cuadro del maestro italiano Luigi Casadio, Madre india, de 1928, donde una madre cubierta por un manto amarillo carga a su pequeño hijo dormido, mientras ella gira la cabeza sonriendo. También sonríen los contrastes de color con verdadero protagonismo plástico. Su levedad temática y su tensión cromática lo hace perdurable. Ubicar este cuadro de Casadio y los de Egas son contrapuntos necesarios. La tendencia dominante del indigenismo prescindió de la sonrisa indígena, demasiado preocupada por denunciar a riesgo de anular también, paradójicamente, esa dimensión cotidiana del humor. Las formas exacerbadas del indigenismo borraron de los rostros indígenas muchas de sus mejores partes. Recorriendo la exposición, en especial el tramo de los pintores canónicos del indigenismo –con cuadros de Kingman, Diógenes Paredes, Guayasamín, entre otros– queda una sensación muy marcada de época y el grado de instrumentalización artística del movimiento. Como si se le pidiera al espectador colocarse los anteojos meritorios de una lucha política para dejar pasar los maniqueísmos evidentes. Solo que el talento, cuando este existe, puede ir por encima del artista, a pesar de él mismo. O la técnica: las fotografías de la exposición no han envejecido.

Muy llamativo es el contraste de dos grandes cuadros en la segunda sala. Uno es La huelga, de Guayasamín, de 1942, donde una mujer levanta el cuerpo de un hombre al lado de un herido y un muerto. En una esquina, se asoman las botas y los faldones de los gabanes de la policía, y como para que no quede ninguna duda, está escrito en la pared: “Hoy paro”. El cuadro restriega la evidencia. Pero también hay un guiño académico al Goya de las pinturas negras: la mujer carga el cuerpo muerto evocando el gesto de Saturno devorando a su hijo. La mujer es indígena, de tez oscura, y el cuerpo muerto que carga es de una palidez que contrasta con ella. Hay algo no resuelto en esta obra temprana de Guayasamín, por una parte un manejo académico que salta a la vista y, por otra, esa urgencia en la denuncia que no encuentra todavía su propio camino, y que terminará en la esperpentización que tanto le criticaría Marta Traba. Pero al lado justamente de este cuadro está el de Kingman, de 1946, apenas cuatro años después del de Guayasamín, titulado La hora oscura.

Debería detenerme en hablar solo de este cuadro de Kingman. Aquí no hay indígenas. Sin embargo, resume maravillosamente toda la exposición y hasta diría que critica el maniqueísmo del arte indigenista, superándolo. Que no es decir el arte indígena, que faltó en esta exposición porque precisamente en esa época no se le dio voz sino retrato. Se quiso hablar por ellos.

En La hora oscura aparece un hombre de espaldas, atado de manos, desnudo. Sus hombros están lacerados por latigazos. Es un ecce homo, diríamos, laico. No se le puede ver el rostro. Al estar ladeado abre una ambigüedad por si pudiera tener una coleta disimulada. En cualquier caso, está expuesto sobre una tarima hacia un público. Y este público es el revelador.

...parecería que a estos hombres que han sufrido esa atrocidad se los mira desde un país que ha pintado mascaritas de paz en medio de un infierno de corrupción, lavado de dólares y demagogia política revolucionaria. Ahora cayeron las máscaras.

Están todos enmascarados.

Son rostros de tonos vivos, apastelados, evidentemente cómicos y cada uno tiene un registro paródico. Solo en la parte baja del cuadro se asoma un par de rostros con facciones indígenas distorsionadas en los que se desdibuja el mimetismo realista y no se distingue si son rostros o máscaras. Pero este es su mérito. El cuadro no pretende ni busca retratar ninguna realidad. La inventa. Y su invención es una crítica de un público enmascarado que observa a un hombre sufriente, al que no se le puede ver el rostro, que ya no es un indio representado, sino lo que es, un hombre desnudo atado de manos por la espalda. Máscaras grandes y vistosas, y el rostro, oculto, de quien sufre.

Este cuadro, pintado por el talento de Kingman para ir más allá de la demagogia ventrílocua del indigenismo, llevada a cabo por artistas correctos que no tenían ningún vínculo con la realidad indígena, y ningún derecho a atribuirse su voz, este cuadro de Kingman, digo, excepcional, salta de pronto más allá de su época y llega a nuestros días. Este ecce homo habla de los tres periodistas ecuatorianos prisioneros, encadenados y fatalmente asesinados por la narcoguerrilla días atrás, en este abril de 2018, en la frontera norte de Ecuador. Porque parecería que a estos hombres que han sufrido esa atrocidad se los mira desde un país que ha pintado mascaritas de paz en medio de un infierno de corrupción, lavado de dólares y demagogia política revolucionaria. Ahora cayeron las máscaras.

¿Por qué un cuadro de Kingman de 1946 me resuena en un acontecimiento de 2018? Porque La hora oscura es arte superior. Quizá nació de un contexto que discutía el indigenismo, pero Kingman pudo ver mejor, entendió que el indígena no estaba colocado allá, lejos, sino que entró en él y vio, esencialmente, su propio retrato. El ecce homo de La hora oscura es el mismo Kingman trasmutado espiritualmente, de ahí su autenticidad. No quiso hacer guiños fáciles, no quiso hacer retrato efectista, ni recurrió a colores grises y dramáticos. Hizo arte. Este contrapunto muestra la caducidad histórica de aquel arte indigenista y la supervivencia del talento. (O)

La hora oscura
La exposición del Centro Cultural Metropolitano de Quito, titulada “Desmarcados: indigenismos, arte y política”, concluirá a inicios de mayo
2018-04-17T00:00:33-05:00
El Universo

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