Semana Santa

28 de Marzo, 2018
28 Mar 2018
28 de Marzo, 2018 - 00h07
28 Mar 2018

Estamos en términos cristianos en la mitad de la Semana Santa. Para mí, perteneciente a la tradición cristiana y miembro de una iglesia, es motivo de una alegría intensa y profunda. Pues esta semana nos invita a profundizar aspectos esenciales de la vida, más allá de la fe que profesemos.

Es importante detenerse no en la muerte de Jesús, sino intentar comprender por qué una vida dedicada a hacer el bien, a amar sin barreras terminó como terminó en una cruz entre ladrones y revoltosos. Por qué, quienes lo siguieron, no hicieron nada para defenderlo. Por qué los sacerdotes, los jefes religiosos lo rechazaron tan frontalmente. Unos y otros pretendían tener a Dios de su parte y conocerlo. Y no aceptaban en nombre del Dios en quien creían, que las leyes con la que ellos interpretaban a Dios, fueran trasgredidas. Jesús sostenía que la ley está al servicio de las personas y no las personas al servicio de la ley por más religiosa que fuera.

Jesús era absolutamente impredecible. Lo único predecible era su amor sin límites y sin trabas a todos y cada uno, fueran leprosos, pescadores, madres que lloran a sus hijos, soldados, cobradores de impuestos, gente acomodada, enfermos, campesinos pobres, soldados romanos, niños, mujeres, ancianos, ciegos y postrados. A todos respetaba y quería pero no se comportaba igual con cada uno. A unos curaba, a otros mimaba, o predicaba, a otros reprendía y lo que menos soportaba era que en nombre de Dios explotaran a la gente y le pusieran yugos y leyes imposibles de cumplir y además se lucraran de ello, haciendo de la religión un negocio. Ahí sí se enojaba en serio. Porque siempre es grave oprimir a los demás, pero más grave aún es hacerlo en nombre de Dios.

La muerte de Jesús es una consecuencia directa de su vida, de sus elecciones, de su decir y su hacer. Demostró que lo más importante era ser fiel a sí mismo, al amor que llevaba adentro, y no a las componendas o la huida para salvar su vida y evitar un aparente fracaso de su misión y de su fe en un Dios que es amor. Nada más y nada menos que eso.

El Dios que Él ama no es un Dios insensible que lo manda a morir, que delega a otros como si fueran marionetas para que lo maten como si hubiera que pagar un rescate para que su voluntad se cumpla y la humanidad crea.

No, el Dios en el que Jesús cree es un Dios que recibe la entrega absoluta de un ser humano que ama hasta dar la vida, que entrega todo lo que él es, y que al final cuando lo torturan y ultrajan, cuando ya no puede pensar y en la extenuación total experimenta la soledad, el abandono, se convierte en puro don, cual semilla que se rompe para dar fruto y acepta la muerte.

Y ahí Jesús se transforma en un ser soberanamente libre, radiante, vital. Su luz llega hasta nosotros, nos alumbra, nos enciende, nos expone, ilumina lo bueno pero también las sombras y lo que está mal. Esa luz que es fuego no nos consume, no nos quema, nos transfigura.

(O)

Semana Santa
Estamos en términos cristianos en la mitad de la Semana Santa. Para mí, perteneciente a la tradición cristiana y miembro de una iglesia, es motivo de una alegría intensa y profunda.
2018-03-28T00:07:20-05:00
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