Opiniones

Domingo, 14 de Enero, 2018 - 00h12
14 Ene 2018
Domingo, 14 de Enero, 2018 - 00h12
14 Ene 2018

Se vive generando opiniones. Nunca como ahora, cada ciudadano es una voz que se deja escuchar sobre cualquier acontecimiento notorio. Antes se necesitaba interrogar al taxista, a la señora dueña de la pulpería, a la peluquera para auscultar el sentir popular. No es que sostenga que los compatriotas más apremiados por la realidad social hayan desarrollado habilidades tecnológicas para moverse en las redes –para ellos, lo esencial es la búsqueda del pan diario–, pero tenemos la sensación de que la comunidad, en general, se deja oír.

Muchas veces, desde el seno del plantón erguido por la lucha de turno, emerge la indiscriminada opinión de quien está allí por motivos diferentes a los que exhibe el reclamo, es decir, por lo que le pagan o con qué lo premian. La gente piensa, la gente se expresa, aunque sea entre dientes. Con eso cuenta una sociedad que crece y da vueltas en torno del sentido de generar opinión.

Los que tenemos un espacio estable para hacerlo –como esta columna, cuyo privilegio jamás pierdo de vista– debemos desarrollar un olfato especial acerca de aquello que merece escribirse. Tenemos una ley encima, unos considerandos que van desde el área de desenvolvimiento de cada columnista hasta la pertinencia de cada palabra que bajo responsabilidad individual, pero afectando al medio se expansiona en la página del diario y tiene, potencialmente, capacidad de alimentar la comunicación y el pensamiento de los lectores. No es palabra volandera que se lleva el viento, queda para efectos, a veces, incalculables.

Recuerdo que cuando era profesora de bachillerato, desarrollaba en el programa de clases la unidad que ejercitaba en los alumnos la destreza de formular opiniones. Escritura correcta, cuerpo de ideas principales apoyadas en secundarias, cierto apoyo en citas ajenas y un reguero de ironías o hasta algún humor, según el estilo personal. Daba resultado. Algunos muchachos y chicas maduraron un decir propio que sigo encontrando en sus espacios virtuales, en ese pasar de los años que no apaga el interruptor de la memoria.

Por fe en la libertad de expresión es que vemos con esperanza la proliferación de productos culturales en nuestro país. Hay más libros, más actividad a la que asistir aunque sea motivados por el fácil resorte de la comicidad. Dicen que el concepto más fijo de la diversión es el que la identifica como acto que produce risa. Y la dinámica de ofrecer y acudir se alimenta ordinariamente por esa idea: “Vamos a ver comedias”, “quiero leer historias románticas ligeras”, “nada de sufrimiento”. En ese punto estamos, que no es el mejor, pero sí preferible a la inerte pasividad del vacío.

¿Podemos, en este contexto, cerrarle el paso a una opinión a base del respeto a las ideas ajenas? El pensamiento opuesto siempre enciende una chispa de discordia: el que sostiene un punto de vista diferente al nuestro se nos aparece como un equivocado, a lo más, como alguien interesado en que no crezca la disidencia que distancia, a veces, a los miembros de una misma familia. Crecer en la diferencia es una realidad que todavía parece estar muy lejos de muchos ecuatorianos. (O)

Opiniones
Se vive generando opiniones. Nunca como ahora, cada ciudadano es una voz que se deja escuchar sobre cualquier acontecimiento notorio.
2018-01-14T00:12:52-05:00
El Universo

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