En la Toscana con Maluma

Viernes, 12 de Enero, 2018 - 00h00
12 Ene 2018

Empecé el año con una suerte inusual, en concreto, leyendo el ensayo de Zagajewski: En defensa del fervor. No es que fuera una epifanía, pero sí, como sucede en los buenos ensayos, una conversación amena con el autor. Empieza un nuevo año, y a pesar de las ilusiones que tengamos, en principio, es más de lo mismo. Al menos a mí me apena el naufragio en el que parece sobrevivir una parte considerable de la humanidad, esa desesperanza, esa falta de ideales, esa vulgaridad vital, esa mirada atada al polvo y vetada a las nubes. Me recuerda a los inmortales de ese grandísimo cuento de Borges, seres aburridos, “condenados” a la vida. Qué problema es el tiempo. Acaso una asamblea de poetas lo elegiría como una de las principales controversias en esa guarida del ser humano: el corazón. Qué pena pensar lo que se pierden, también de sufrimientos, los que tan inmersos en lo efímero, no descubren su propia futilidad.

Zagajewski inicia la obra relatando una reunión social a la que asistió en la Toscana, en una de esas villas preciosas y elegantes. Como era de esperar, los invitados eran esa especie casi extinta, la burguesía de castillos y yates. La mayoría italianos, aunque otro poco de alemanes y estadounidenses que habían adquirido casa y viñedo en esa zona. Narraba el polaco, invitado en cambio por su condición de poeta reconocido (otra especie extraña), que en determinado momento de la velada hubo un concierto de Mozart. Con toda seguridad no era la primera vez que escuchaba a Wolfgang Amadeus. Y decía que, al menos en esa ocasión, fue interpretada de manera sublime. Entonces terminó la obra, y se sorprendió al notar los aplausos de trámite, la mera formalidad de aplaudir, el vitoreo desalmado. Se impresionaba ante esa incapacidad de acceder a lo bello. Y, claro, se planteaba, si estos señores en teoría son los refinados, qué sería del resto. No me parece que necesariamente deba ser así, solo pensemos en la sensibilidad musical de algunas piezas de nuestra música tradicional. Pero tiene un punto.

Para otro momento quedará la pregunta sobre la sensibilidad, pero llama la atención la incapacidad de trascender. Como si diera igual estar en la Toscana que ver una foto de ella, como si luego de escuchar Mozart (un trámite, aparentemente, para esos italianos) se podría saltar a Maluma. Son cosas distintas, y cada cosa tiene su momento. Eso lo entendemos. Lo interesante es pensar que el “tiene su momento” es consecuencia de una discriminación. Es darse cuenta de que no son lo mismo, que no procuran lo mismo, que no utilizan los mismos medios, que Mozart no es Maluma. Es poder valorar una cosa por lo que es en sí misma. No se puede ir a ver una película de Malick como si fuera una de los Vengadores. La primera tiene un valor de contemplación, de belleza, es una obra de arte: vale por sí misma. La segunda tiene un valor de descanso, de sucedáneo de un vicio: es una película útil, sirve para despejarse.

Termino con otro polaco, Kolakowski: “Una cultura que pierde su sentido de ‘sacro’, pierde su sentido por completo”. (O)

En la Toscana con Maluma
Empecé el año con una suerte inusual, en concreto, leyendo el ensayo de Zagajewski: En defensa del fervor. No es que fuera una epifanía, pero sí, como sucede en los buenos ensayos, una conversación amena con el autor.
2018-01-12T00:00:54-05:00
El Universo

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