¿Privilegios o preferencias?

22 de Noviembre, 2017
22 Nov 2017
22 de Noviembre, 2017 - 00h00
22 Nov 2017

Puede convertirse en una aventura interesante el escrutar el significado de palabras que usamos en el lenguaje común sin recordar o conocer exactamente su uso, como es el caso de privilegio y privilegiado, que suele confundirse con preferencia y preferido.

Privilegiar es conceder privilegio, y este es la exención de una obligación o también la ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia, así como también el documento en que consta su concesión.

Esa concesión considero que debe ser reglada, esto es, sujeta a reglas que deben ser respetadas y cumplidas.

El privilegio es convencional: se da o concede mediante un pacto o convenio con el privilegiado, como cuando, por ejemplo, se otorga a una tercera persona el derecho de goce exclusivo durante plazo fijo de un procedimiento industrial o el derecho de una fabricación que se implanta en un país o el aprovechar exclusivamente, por tiempo determinado, una producción o un procedimiento industrial hasta entonces no conocido o no usado.

En cambio, preferir es dar preferencia, esto es, primacía, ventaja o mayoría que alguien o algo tiene sobre otra persona o cosa, ya en el valor, ya en el merecimiento; pero también la elección de alguien o algo entre varias personas o cosas.

También preferir puede entenderse, por parte de quienes observan al que tiene el poder, como excederse o, en otras palabras, dar la preferencia a alguien, entre sus iguales, sin razón aparente, al menos para quien observa la acción.

Cuando esto ocurría, en el lenguaje escolar, al menos en alguna época, recuerdo que se solía denominar como preferidos a los alumnos que gozaban de ciertas prebendas por parte de algunos profesores. Algo que se rechazaba y terminaba perjudicando las relaciones entre compañeros y hasta marginando a quien se consideraba “preferido”.

Así, el ser sujeto de preferencias, aunque acarreaba consideraciones especiales y ciertos beneficios, no dejaba de incordiar, molestar a los condiscípulos, con consecuencias desagradables como la preterición y hasta marginación.

Trasladados los conceptos desde la realidad infanto-juvenil a la adultez y al mundo de los negocios públicos y privados, la regla de la justicia: “Dar a cada uno lo que le corresponde” se convierte en esencial, pues cualquier desequilibrio en materia tan delicada se aprecia y se juzga con mayor rigor, porque los daños que pueden ocasionarse no son solamente emocionales sino, además, económicos.

Ya conocemos que la parte del cuerpo humano más sensible es el bolsillo, como me enseñó un querido amigo cuencano.

Lamentablemente parecería que ahora no se recurre a la participación de los gramáticos en la preparación, elaboración y aprobación de las normas jurídicas, así como en la de ciertos actos y contratos, y por eso cuando los juzgadores serios e imparciales quieren dispensar justicia, a veces se encuentran con graves problemas que se originan en la redacción.

¿Aprenderemos a distinguir y no confundir los privilegios con las preferencias?

¿Sería tan amable en darme su opinión?

(O)

¿Privilegios o preferencias?
Puede convertirse en una aventura interesante el escrutar el significado de palabras que usamos en el lenguaje común sin recordar o conocer exactamente su uso, como es el caso de privilegio y privilegiado, que suele confundirse con preferencia y preferido.
2017-11-22T00:00:22-05:00
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