La niña que miraba los trenes partir

Miércoles, 15 de Noviembre, 2017 - 00h09
15 Nov 2017

Participé en un conversatorio sobre el libro de Ruperto Long, La niña que miraba los trenes partir. No soy especialista ni crítica literaria. Solo amo leer lo que para mi gusto particular son buenos libros. Y ese libro es uno de ellos.

Es una novela que el autor se resiste a que sea clasificada como histórica, basada en hechos reales, ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial, asombrosamente actuales, pues parece que aún no hemos aprendido las lecciones que esa catástrofe produjo en la humanidad.

No es un libro más sobre la guerra: Charlotte, su protagonista principal, tenía 8 años cuando pasó diez meses encerrada en un ropero junto con su hermano, sin casi ver la luz, armando una cucheta por las noches, comiendo cuando se podía y yendo al baño compartido por catorce personas, dos veces al día. Sus padres estaban escondidos en otra parte de la misma casa en Lyon, detrás de hierros oxidados y sillas rotas. Bañarse era un lujo reservado para ocasiones muy especiales, cuando hacerlo no suponía un peligro inminente de ser vista, denunciada o apresada.

Comparaba con el cuarto en que pasaron encerrados hasta ser descubiertos Anna Frank y su familia, y me pregunté si estaba frente a una protagonista como ella, que ha podido vivir para compartir con nosotros su experiencia.

Charlotte de Grünberg vive actualmente en Uruguay, adonde emigró junto con su familia después de la guerra, se casó, tuvo un hijo y fue durante muchos años directora de la universidad ORT. Después de negarse, aceptó compartir con el autor del libro lo que había vivido que ni siquiera su esposo conocía. Y así surgió la obra que requirió muchos años de investigación.

Los hechos relatados nos interpelan y nos dejan sin protección frente a la violencia indiscriminada que los humanos pueden realizar cuando las supuestas ideologías o la ambición por el dinero guían las acciones de las autoridades y sus acólitos y son obedecidos, defendidos sin cuestionamientos por una población sumisa. Porque Hitler no habría sido lo que fue y exterminado a los millones de personas que exterminó si muchos seres humanos no hubieran pensado lo mismo que él y admirado que hiciera lo que ellos no eran capaces, aunque lo deseaban.

Los fanatismos de cualquier tinte o motivo llevan inmersos el desprecio por los diferentes, la guerra y la muerte.

Sin embargo, el libro es un canto de esperanza y de libertad. Hay que atravesarlo sin anestesia, llegar al fondo del espanto para resurgir admirado de la solidaridad, amor, entrega y bondad que pueden manifestarse en las condiciones más extremas.

La guerra que pretende resolver conflictos y justicia matando a enemigos y a cuantos se atreven a pensar y actuar de manera diferente al gobernante de turno también puede ser lugar de heroísmos y entrega por los demás.

Mujeres arias, en Lyon, se ponían estrellas amarillas en el cabello, con su nombre escrito, o utilizaban un prendedor rosado con una estrella amarilla en el centro, para decir a todos su amor y respeto por los judíos... Fueron llevadas presas al campo de Drancy, cerca de París, y algunas trasladadas al campo de exterminio de Treblinka.

“Pase lo que pase nunca tengas malos pensamientos hacia los demás”, le dice la mamá a Charlotte.

(O)

La niña que miraba los trenes partir
Participé en un conversatorio sobre el libro de Ruperto Long, La niña que miraba los trenes partir. No soy especialista ni crítica literaria. Solo amo leer lo que para mi gusto particular son buenos libros. Y ese libro es uno de ellos.
2017-11-15T00:09:48-05:00
El Universo

Te recomendamos