El cuento del pedestal sin héroe

Martes, 14 de Noviembre, 2017 - 00h00
14 Nov 2017
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14 Nov 2017

Ahora que las novelas de Kazuo Ishiguro circulan de mano en mano, sobre todo las más famosas y llevadas al cine, como Los restos del día o Nunca me abandones, o las más arriesgadas como Los inconsolables y El gigante enterrado, quisiera detenerme en uno de sus libros que probablemente quedará en segundo o tercer plano, si es que no pasa desapercibido. Me refiero a Nocturnos, que lleva el subtítulo inquietante que remata su tono melancólico: cinco historias de música y crepúsculo. Son cuentos. De hecho es el único libro de cuentos del reciente premio nobel. Y más que melancólico, es devastador.

En una entrevista realizada en 1989 por Graham Swift para la revista Bomb, Ishiguro destacó que dos de los autores que le apasionaba leer y que “endiosaba” eran Chejov y Dostoievski. A primera vista, uno se podría quedar perplejo porque, en principio, tales modelos no se manifiestan en su escritura. Pero las influencias no solo son asunto de estilística y léxico, ni de cosmovisión o conflicto. La influencia puede ser una forma asimilada del entusiasmo que se revierte en un empuje secreto, en una motivación permanente, y hasta en una atmósfera. Y mientras Dostoievski es un modelo al que gradualmente se fue acercando Ishiguro, Chejov está desde los comienzos. No solo por la manera elíptica de narrar y por eso que el mismo Ishiguro decía sobre el cuentista ruso por su “preciso y cuidadoso tono controlado”, sino por esa capacidad para que la apertura breve de un cuento permita ver panoramas vastos de desolación y angustia como ocurre en muchos de los cuentos de Chejov. Porque fue este escritor ruso quien insistió en que los cuentos no deberían tener trama ni final, que a un buen cuento se le puede quitar la primera y última página y dejarlo impecable, y que si aparece en la historia un clavo en la pared, hay que colgar forzosamente algo en aquel clavo. De lo contrario, sobra. Ishiguro cumple a su manera esa preceptiva chejoviana, que es muy fácil de seguir, pero que no sirve para recrear ni igualar el mundo de su autor. Ishiguro aporta su propio mundo y este le resultará reconocible a sus lectores. Pero esperar lo que se dice un cuento a la manera clásica, no lo esperen. Y algo más: no esperen encontrar un cuento superior al otro. De hecho, no deberían leerlos sueltos. Porque no es una recopilación de cuentos, sino un libro de cuentos. En este libro no está ninguno de los cuentos que Ishiguro escribió en sus comienzos en la década de 1980, ni uno tardío, del 2001, publicado en The New Yorker, titulado A Village After Dark. Esta diferencia marca la particularidad de Nocturnos.

Ishiguro aporta su propio mundo y este le resultará reconocible a sus lectores. Pero esperar lo que se dice un cuento a la manera clásica, no lo esperen.

 

Los motivos se repiten de una manera perturbadora en Nocturnos. La música es el principal. Casi siempre son músicos que han fracasado o que sienten que les llega el turno de fracasar o que esperan el triunfo sin ninguna posibilidad de alcanzarlo. En el primero, El cantante melódico, el narrador encuentra a un viejo cantante que había sido la admiración de su madre en un país comunista. Tanto el narrador como el cantante terminan dando una serenata a la mujer de este último. Y todo ocurre en Venecia. Hasta aquí uno podría tener motivos para salir corriendo del tópico sentimental. Pero cuando nos enteramos de que la pareja se va a separar porque él necesita aparecer en público con una mujer más joven, y que ella todavía está a tiempo para encontrar un tercer marido en el mundo de la farándula en el que vive, la historia empieza a dar un vuelco más próximo a nuestros días. Las parejas en crisis aparecen una tras otra y pasan por situaciones casi idénticas. En algunas historias, como Come Rain or Come Shine o Nocturno, hay incluso anécdotas de un absurdo cómico, que hacen todavía más melancólica la situación.

Uno de los atributos musicales de los nocturnos es cierta oscuridad leve y la repetición de un motivo que se aborda desde otro punto de vista. El deseo de fama por una parte (en el trayecto arduo de los músicos) y las relaciones de pareja fundadas en la consecuencia de éxito o prestigio, la dificultad para asumir un destino más prosaico y sin heroísmos, y la dificultad también para expresar sentimientos cuando se sabe que ya no hay marcha atrás y sin embargo se intenta, son algunos de los motivos que trabaja Ishiguro en este libro.

Pero lo realmente inquietante es el efecto de lectura del libro completo. Porque las parejas de sus historias viven esa distancia o ruptura de final de relación, y que se repitan en uno y otro caso evidencian una fatalidad humana que uno se pregunta si no son la misma historia. Todos los fuegos el fuego, que decía Cortázar. Y lo son, porque tienen el mismo fuego, aunque lo que se espera de un cuento, esa especie de autonomía cerrada de una historia que podría sobrevivir por sí misma desgajada de cualquier libro, aquí no se presenta. Leídos por separado, estos cuentos de Ishiguro podrían pasar por irregulares e incompletos, como si les faltara algo. Les faltarán siempre los cuentos que están a su alrededor, los otros nocturnos.

Son pocos los novelistas que van y vienen alegremente del cuento. Más bien, lo que suele haber son cuentistas natos que de vez cuando escriben una novela, si la escriben alguna vez, o novelistas que se dan el gusto de escribir un único libro de cuentos. Son dos tiempos y ritmos diferentes. El cuento nunca ha tenido héroes, señaló Frank O’Connor, y uno se pregunta si es que esto es lo que Ishiguro quiere hacernos notar: que por más que haya antihéroes en una novela, la extensión de esta los envuelve y los abraza y les levanta un pedestal. Un cuento deja los pedestales vacíos. Y un montón de preguntas revoloteando en el aire. (O)

El cuento del pedestal sin héroe
Ahora que las novelas de Kazuo Ishiguro circulan de mano en mano, sobre todo las más famosas y llevadas al cine, como Los restos del día o Nunca me abandones, o las más arriesgadas como Los inconsolables y El gigante enterrado, quisiera detenerme en uno de sus libros que probablemente quedará en segundo o tercer plano, si es que no pasa desapercibido.
2017-11-14T00:00:56-05:00
El Universo

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