Cuiabá y París

2 de Noviembre, 2017
2 Nov 2017
2 de Noviembre, 2017 - 00h00
2 Nov 2017

Circunstancias profesionales han requerido que visite en estos días las dos ciudades que forman parte del título de esta columna. La primera en América del Sur, en Brasil, en el Mato Grosso, y la segunda en la vieja Europa, en Francia.

El estado de Mato Grosso en Brasil, ubicado en el centro oeste del inmenso país sudamericano, para muchos de nosotros evoca espacios geográficos y culturales exóticos y lejanos conectados en algunos casos a referencias académicas como la obra producida por el intelectual francés Claude Lévi Strauss, que en los años treinta del siglo anterior trabajó con los bororo, una etnia nativa de esos grandes escenarios naturales, cuyos resultados fueron publicados en su libro Tristes tropiques, de importante difusión en círculos académicos; y, en otros, con la cultura popular de las grandes telenovelas brasileñas, en esta ocasión con la famosa de los años noventa, El Pantanal, cuya trama, música e imágenes están en el corazón de la gente de la generación que la miró, disfrutó y se identificó con ella.

Cuiabá es la capital de ese estado que se enorgullece de contar con tres biomas diferentes: amazonía, sabana y pantanal. Es una ciudad moderna, con grandes edificios, avenidas y una importante actividad económica, comercial e industrial basada en la agricultura y en un pujante sector turístico que se siente parte de la naturaleza, la cuida y protege, porque sabe que sin ella no hay sostenibilidad posible. Ahí están los bororo contemporáneos, algunos de los cuales son estudiantes de la Universidad Federal de Mato Grosso, importante centro de educación superior que cuenta con miles de estudiantes y múltiples carreras profesionales. Como muchas ciudades brasileñas, Cuiabá es una urbe calurosa con temperaturas que normalmente superan los treinta grados. También su gente es cálida, afable y acogedora. Su cultura, fundamentada en la naturaleza y el paisaje, es rica en sonidos y expresiones artísticas.

París, en cambio, se presenta al visitante actual como siempre, llena de historia y cultura. Se nota un cierto desorden y especialmente una suerte de envolvente violencia que define algunos espacios ciudadanos. La gente, muchos, tienen miedo de hablar sobre aspectos políticos relacionados sobre todo con lo religioso, porque tener una posición u otra puede ser considerado con facilidad de manera extremista, para potenciar el debate y las divergencias. Entonces, la gente se calla o habla bajo para que los otros, los que no “deben escuchar”, no lo hagan. En las calles también se siente un estado de irritabilidad y violencia que a veces explota en claras agresiones de los unos a los otros. Una empleada de la oficina de información de turismo advierte sobre taxis ilegales y lo hace con miedo, para que los que conducen de manera informal no la escuchen y tomen represalias en su contra. Europa, claro, desde esta impresión ligerísima, está triste y temerosa por un futuro que no se decide solamente con la voluntad de sus tradicionales habitantes, sino también con la de los que han llegado como migrantes, aquellos que antes fueron visitados por los europeos en los históricos procesos de colonización y explotación de los recursos de esos países. (O)

Cuiabá y París
Circunstancias profesionales han requerido que visite en estos días las dos ciudades que forman parte del título de esta columna. La primera en América del Sur, en Brasil, en el Mato Grosso, y la segunda en la vieja Europa, en Francia.
2017-11-02T00:00:23-05:00
El Universo

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