Cuando las cosas hablan

Jueves, 1 de Junio, 2017 - 00h07
1 Jun 2017
Jueves, 1 de Junio, 2017 - 00h07
1 Jun 2017

Sí, soy esa a la que los vecinos empezaron a llamar “la señora de las bananas”. La que caminaba semana a semana, del tranvía a la casa, con pilas de cajas de plátanos vacías, sin mirar dónde pisaba, el hazmerreír del barrio. Llené mi departamento de cartones recogidos de los supermercados para luego vaciarlo y largarme a otro barrio, con todas mis cosas embutidas en esas cajas invencibles. Porque si hay una caja invencible en este mundo es un cartón de banano, y por ello toda mudanza en Alemania tiene un airecillo tropical. Qué dirían Thomas Mann y Virginia Woolf, Nabokov y Oscar Wilde, tan elegantes ellos, si vieran sus libros arrastrados de un lugar a otro en cartones de Bonita, Chiquita, Fyffes, BanaLoco, Excelban, Tropical Eden...

Cuando nos mudamos o morimos se vuelve de golpe evidente esa descontrolada acumulación de cosas entre las cuales vivimos: trastos y cachivaches, recuerdos y fetiches, regalos y hurtos, cosas lindas y feas, caras, baratas, útiles, inútiles, adquiridas por necesidad o necedad, ansiedad de estatus, moda, amor, obstinación, casualidad, curiosidad, destino.

Cómo librarnos de los objetos… del arete que olvidó en tu casa esa muchacha, de esos lentes hallados en el velador de tu bisabuelo muerto y que te llevaste sin saber por qué. Rodeados de cosas, de sus voces que nos recuerdan lugares, personas, instantes, objetos que hablan y acompañan, que hacen más llevadera la soledad. Hasta que morimos y vendrá alguien que se encargue de tirarlos a la basura, o de olvidarlos en un rincón donde terminarán con las voces empolvadas, narrando por siempre la misma historia cuando ya no haya quién las escuche. Salvo quizá los melancólicos que andan por la vida ya de adultos como andaban de niños, recogiendo plumas por las calles y piedras en el mar, adoptando objetos para llevarlos a casa y acariciarlos hasta que empiecen a ronronear sus historias. Adultos como niños que se aficionan de objetos inútiles y que nunca pierden ese auténtico asombro ante un dije de lata encontrado en las laderas del Pichincha o unos shorts comprados en Tía-Máxima-Economía que seguirán empapados por siempre de esa alegría gratuita entre las aguas del océano Pacífico, tan lejos…

Mi hija solía andar por las calles de Leipzig recogiendo unas tarjetas con fotos de gatos, gran estrategia publicitaria para promocionar servicios de copia de llaves, mecánica, masajes de espalda y de pies. Alguien las ponía bajo las plumas de los carros cuyos dueños no veían mejor forma de deshacerse de ellas que tirarlas a la vereda. Así que mi hija volvía a casa delirante de felicidad, con las manos y los bolsillos llenos de gatos empolvados.

A mí me inquieta el valor sentimental de los objetos, saber dónde van a parar nuestras pertenencias cuando morimos. Me obsesionan las historias que podrían contarnos las cosas de los muertos si pudiéramos obligarles a hablar..

Pasamos la vida acumulando cachivaches, juguetes con los que dejamos de jugar, ropa que ya no usamos, tazas desconchadas a las que nos aferramos porque las heredamos de alguien a quien amábamos. Acumulamos. Pero esta no es una crítica al consumismo (hay suficientes). A mí me inquieta el valor sentimental de los objetos, saber dónde van a parar nuestras pertenencias cuando morimos. Me obsesionan las historias que podrían contarnos las cosas de los muertos si pudiéramos obligarles a hablar.

Durante años tuve un vecino polaco con quien nos veíamos a diario, de patio a patio, cuyo oficio me resultaba tan fascinante como aterrador: era un “eliminador de trastos”. Cuando alguien moría sin herederos (o con herederos indiferentes), llegaba mi vecino con su camión y, sin perder el tiempo en sentimentalismos, separaba los objetos por material: papel, metal, plástico… basura, donación, reventa, reciclaje. En pocas horas reducía una montaña de objetos, acumulados durante toda una vida, a lo que eran: simples cosas. Pero una tarde de verano, el calor lo puso sentimental y antes de echar al traste con una montaña de libros me preguntó si me interesaría alguno. No me lo tuvo que repetir dos veces y ya estaba yo del otro lado de la cerca con las manos en la masa, y entonces me contó que habían pertenecido a una abogada joven que murió de repente.

¿Por qué les cuento esto? Porque justamente hoy desempaqué la caja de bananas con los libros de esa desconocida. Tantos años en mi poder y todavía me miran con ese aire de tragedia y destino. En especial ese diario que también hallé entonces, escrito por esa extraña durante el último año de su vida y que se terminaba, abruptamente (cómo más), el día antes de su muerte. De tarde en tarde lo leo y me pregunto si tengo derecho a inmiscuirme en una vida en la que nadie me invitó a entrar, a la que llegué por casualidad y sin permiso. Una vida que llegó a mis manos gracias a un objeto, a través de esas palabras escritas que siguen hablando, hablándole a cualquiera, cuando los muertos ya han muerto. (O)

Cuando las cosas hablan
Sí, soy esa a la que los vecinos empezaron a llamar “la señora de las bananas”.
2017-06-01T00:07:03-05:00
El Universo

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