Ayuno, cilicios y disciplinas

12 de Septiembre, 2016
12 Sep 2016
12 de Septiembre, 2016 - 00h00
12 Sep 2016

Periódicos de todo el mundo publicaron noticias sobre la intervención judicial, con fiscales y policías, realizada en un convento de carmelitas en la localidad argentina de Nogoyá. El despliegue de fuerza, similar al que se usa para sustanciar casos de narcotráfico, se desató luego de que una “investigación periodística” expusiera el caso de monjas que en la allanada casa de clausura se sometieron a severas mortificaciones con látigos, cilicios y otros instrumentos. Ni el trabajo de prensa ni la investigación judicial han probado que fue otra persona quien propinó los castigos a las religiosas, sino que ellas se lo hacían a sí mismas. Tratándose, de lo que conocemos desde aquí, de mayores de edad, no veo dónde está el descubrimiento de las agenciosas autoridades y de los zahoríes periodistas. Usos similares se practican en muchas religiones.

Claro que oír un “enlace presidencial” debe ser una tortura más intolerable que cuatro horas de cilicios, pero no practico estos tipos de mortificación. Ninguno mismo, creo que el perfeccionamiento espiritual puede lograrse por vías menos cruentas que el tormento físico autoinfligido, son más difíciles de ejercer pero, sin duda, más constructivas para el alma y el cuerpo. Sin embargo, cada uno debe encontrar su vía hacia la felicidad y nadie es quién para decirle cómo hacerlo... claro está siempre y cuando no implique cortar la felicidad de un tercero. El cuerpo es un templo sagrado sobre el cual únicamente ejerce poder el propio individuo. Fiscales, policías, legisladores y jueces, eso que llaman el Estado, no tienen potestad sobre él. Si en ciertos países hay leyes que otorgan esa facultad a sus autoridades, pues son disposiciones que éticamente pueden ser desobedecidas.

Pero en el moderno rechazo a la mortificación corporal encuentro algo mucho peor: la idea de crear un mundo muelle y sin espinas. Una civilización en la que no se vea sangre, donde todo se consiga sin dolor y, a la cuenta, sin esfuerzo. Una Tierra fácil y descafeinada, donde mostramos la otra mejilla al agresor no por pacifismo, ni siquiera por miedo, sino por pereza. Queremos una paz de abdicaciones y renuncias, no de compromisos y tesón. Occidente como civilización ha perdido el sentido del sacrificio. No estoy pidiendo manifestaciones militaristas, belicistas y menos nacionalistas o patrioteras. Es algo más amplio, por ejemplo, la figura del empresario se confunde cada vez más con la del especulador financiero, dejando atrás al esforzado creador de corporaciones productivas. Es también el Estado de bienestar, en el que todo se me da por nada más que estirar la mano. Es la cobardía ante la delincuencia y el terrorismo. Es el arte entendido como conceptuales amontonamientos de basura o ruido, en lugar del largo y riguroso ejercicio de la perfección estética. Por eso indigna y asusta que se persiga y escandalice a unas monjitas por practicar formas de piedad que pueden parecer anticuadas, pero que las prefiero a las propuestas lights, sin azúcar, ni sal, ni colesterol, de una posmodernidad pusilánime y anquilosada. (O)

Creo que el perfeccionamiento espiritual puede lograrse por vías menos cruentas que el tormento físico autoinfligido.

Ayuno, cilicios y disciplinas
Periódicos de todo el mundo publicaron noticias sobre la intervención judicial, con fiscales y policías, realizada en un convento de carmelitas en la localidad argentina de Nogoyá.
2016-09-12T00:00:23-05:00
El Universo

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