Silencio y soledad

6 de Junio, 2016
6 Jun 2016
6 de Junio, 2016 - 00h00
6 Jun 2016

Días en un monasterio cisterciense de estricta observancia, en una trapa. El mejor tesoro que guardan estas abadías es un silencio sólido e íntegro. Los pájaros, el viento, lejanas nubes de tormenta, los insectos, con sus hermosos sonidos no quiebran el silencio que es una categoría humana, antes lo complementan y enriquecen. La civilización moderna ruidosa, bullanguera, nos ha desadaptado para disfrutar, comprender y valorar este don. Las personas no resisten unos pocos minutos de silencio y tienen que encender la televisión o cualquier cosa para llenar el vacío, que no es del espacio sino de su propio interior. Y nos es imposible permanecer callados más de una hora, enseguida buscamos “alguien con quien conversar”, siempre que poner a funcionar dos lenguas que no se comunican pueda calificarse de conversación. Cuando disponemos de unos pocos instantes de esta merced maravillosa, la quebramos con cualquier ruido.

Otro bien inapreciable que me llega en el hospedaje cisterciense es la soledad. Fugaces contactos con los monjes o la asistencia a los oficios en la iglesia no rompen esta transparente joya. La presencia de extraños, que quizá buscan lo mismo, no cambia la condición. No se prohíbe conversar, pero no lo hacemos, para eso no habríamos ido allí. La relación se limita a sonrisas... a veces. Solo quien puede estar solo es libre, si necesitas a alguien eres esclavo. Y no me estoy refiriendo a esos álguienes determinados, escogidos con autonomía en el amor y la amistad, sino a ese “alguien”, ese cualquiera que la inmensa mayoría de seres humanos requiere para librarse del complejo don de la soledad. La modernidad, en la que la condición de masivo o mayoritario es toda una recomendación, tiene el entendimiento amputado para comprender que el silencio es el supremo ejercicio de la libertad de expresión.

Este es el primer monasterio de clausura para varones erigido en el Ecuador, tiene solo alrededor de dos décadas. Los de mujeres son algunos y tienen siglos. Por una parte, esto evidencia la estructura machista de la sociedad ecuatoriana, pero también se explica porque practicamos una cultura alharaquienta y jaranera. No entendemos el silencio y menos la soledad. Nuestra radical vocación por la algarabía se debe fundamentalmente a que no podemos expresar nuestras emociones en privado o ante poca gente. Todo el mundo tiene que enterarse de que estamos contentos, enojados o tristes. Las fiestas, tanto en los barrios populares como en las urbanizaciones lujosas, no son tales si no impedimos dormir a dieciséis manzanas. De la misma manera se explican las dificultades que tuvieron los municipios para prohibir los traslados de difuntos a pie, cuyo propósito fundamental era hacer que toda la ciudad supiera de nuestra pena mediante un tremendo atasco de tráfico.

El miedo a la soledad y al silencio proviene del temor espantoso que nos provoca ver el rostro más terrible que hay sobre la Tierra y a oír la voz que menos nos gusta oír: contemplar y escuchar nuestro propio ser. (O)

Silencio y soledad
Días en un monasterio cisterciense de estricta observancia, en una trapa.
2016-06-06T00:00:54-05:00
El Universo

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