Presidente rico, presidente pobre

12 de Octubre, 2015
12 Oct 2015
12 de Octubre, 2015 - 00h00
12 Oct 2015

Teníamos como diecinueve años cuando la hija de uno de los mayores empresarios del país nos invitó a su casa. Alguien nos sugirió que, si teníamos oportunidad, le hiciésemos al padre una pregunta que le gustaba responder: ¿por qué vive en casa arrendada? Así lo hicimos. El señor tomó esfero y papel para explicarnos: “Verán, wampras, ¿cuánto vale esta casa? Digamos seiscientos mil dólares. Esa misma plata puesta en mi empresa, en un mal año, me rinde un quince por ciento, noventa mil dólares. Pago sesenta mil dólares de arriendo anual... ¡gané treinta mil dólares por no tener casa propia!”. La reflexión la hizo en sucres y a precios de 1976, mas eso no cambia lo esencial. Robert Kiyosaki, en su demasiado famoso Padre rico, padre pobre, plantea una tesis parecida. Pensé que desarrollaba y detallaba una filosofía similar. En efecto, la idea central coincide, pero no va mucho más allá de lo que nuestro amigo nos enseñó, a la obra le sobran unas doscientas páginas. Eso sí, Kiyosaki distingue muy bien gastar en una mansión para vivir en ella, de invertir en un proyecto inmobiliario, en lo que concuerda con el mencionado empresario, que aún vive y sigue siendo exitoso, pues entró con fuerza en ese ramo de negocios.

Estas ideas chocan mucho en un país en el que vivir en casa propia es prueba segura de haber sido una persona “de provecho”. Los ecuatoriano idolatramos el ladrillo, símbolo de permanencia en un país de veleidades. Alguien que tenga toda su fortuna en acciones y bonos se vería mal, además es algo difícil de hacer, a menos que invierta en el exterior. Los inmuebles son para los ecuatorianos el bien por excelencia por complejas razones culturales, idea que se refuerza por el hecho de que, en realidad, en el país nunca hubo demasiadas opciones para invertir.

De eso deriva que consideremos “buen presidente” al que “hace obra”, entendiendo por ello construir infraestructura. Pero esta, como cualquier inmueble, vale en tanto en cuanto sea rentable. Se pueden hacer cálculos más o menos fantasiosos sobre la rentabilidad de una carretera o una represa, pero mejor es buscar alguien que la construya y cobre el peaje o la tarifa que los usuarios estén dispuestos a pagar. Si una obra no puede financiarse de esta manera, simplemente no debió construirse. Creer que supercarreteras escasamente utilizadas, eso más solo por vehículos de paseo, son inversión, equivale a construirse seis garajes en la casa, cuando se tiene solo dos autos y decir que “estoy invirtiendo”. Como sabemos economía viene de oikonomía, que significa en griego la administración de la casa, etimología muy aclaradora, porque las mismas reglas que valen para la administración de un hogar o de la tienda de la esquina son esencialmente iguales a las que deben usarse en el manejo de un Estado. Cuando sobreviene una crisis, nacional o doméstica, veremos muy claramente si determinada infraestructura o inmueble era una inversión o fue un gasto suntuario. (O)

Presidente rico, presidente pobre
Teníamos como diecinueve años cuando la hija de uno de los mayores empresarios del país nos invitó a su casa.
2015-10-19T12:36:40-05:00
El Universo

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