Extrañas señales

9 de Marzo, 2015
9 Mar 2015
9 de Marzo, 2015 - 00h00
9 Mar 2015

Juan Pablo II fue la figura más importante del catolicismo del siglo XX, su aporte para destruir la crudelísima tiranía del comunismo lo puso al nivel de los más grandes líderes de la humanidad. Su sucesor Benedicto XVI es el más preparado intelectual que ha ocupado la sede de San Pedro en veintiún siglos. Cuando ellos estuvieron al mando de la barca del pescador había la tranquilizadora certeza de que estábamos en las mejores manos posibles. En el 2013 tomó la posta el cardenal argentino Jorge Bergoglio. Había una lógica “democrática” en poner al frente de la Iglesia a un sacerdote proveniente del continente con mayor número de católicos. Que el nombrado fuese miembro de la Compañía de Jesús, orden conocida por su sabiduría, abría la esperanza de otro papado de trascendentales hechos.

Pero a dos años del advenimiento de Francisco I nos llaman la atención ciertas actitudes y expresiones suyas. Aquello de que si insultan a tu madre puedes responder con puñetazo parece poco evangélica. Causó extrañeza su aprobación a que los padres golpeen a los hijos para corregirlos, una práctica ya ilegal en muchas naciones. Calificar como “mexicanización” a la posibilidad de que un país se suma en la violencia del narcotráfico es impropio para alguien que además ostenta la calidad de jefe de un Estado. Se dice que todo esto es una muestra de la humildad del papa, quien habla como un católico común. Pero no es un católico común, es el único hombre en la Tierra que, para nosotros, puede invocar su condición de infalible...

Juan Pablo II arrinconó a la llamada Teología de la Liberación. Esta tendencia partía de un complejo de inferioridad de algunos pensadores católicos frente a la sólida estructura teórica del marxismo. El papa polaco dimensionó lo que debe entenderse cristianamente como “liberación” y desactivó esta quinta columna dentro de la Iglesia. Pero importantes declaraciones del actual pontífice lo acercan peligrosamente a esa cuestionada corriente, como se ve claramente en su exhortación apostólica Evangelii gaudium, en la que se matiza demasiado el derecho de propiedad. En una reciente intervención, en la que llamó al dinero “estiércol del diablo”, demostró una vez más su visión sesgada de conceptos como mercado, beneficio y capital. Y ha multiplicado sus llamados a una solidaridad que se impone desde el Estado. No extraña que los regímenes autoritarios del “socialismo del siglo XXI” lo aclamen con entusiasmo.

Alguien a quien los gobiernos le imponen exacciones a pretexto de la “redistribución” no está siendo solidario. Solidario es quien por su voluntad contribuye a causas de interés social, sin necesidad de que lo obliguen. Eso es lo cristiano. La clara invocación evangélica para favorecer a los pobres no tiene escapatoria, por eso hay que procurar que rija el sistema que más ha contribuido a erradicar la pobreza y la ignorancia, y este es el capitalismo. Entonces, lo auténticamente apostólico es promover este sistema y, dentro de él, formar a los creyentes para un ejercicio personal, decidido y amplio de la verdadera solidaridad. (O)

Extrañas señales
Juan Pablo II fue la figura más importante del catolicismo del siglo XX, su aporte para destruir la crudelísima tiranía del comunismo lo puso al nivel de los más grandes líderes de la humanidad. Su sucesor Benedicto XVI es el más preparado intelectual que ha ocupado la sede de San Pedro en veintiún siglos.
2015-03-10T10:47:29-05:00
El Universo

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