La paz y las escenas del cementerio, contadas por dos de sus ‘residentes’

La paz y las escenas del cementerio, contadas por dos de sus ‘residentes’
Eduardo Pinta (i) es guía del Cementerio Patrimonial, mientras Hernán Tello dirige el grupo de aseo del lugar. Jorge Peñafiel
La paz y las escenas del cementerio, contadas por dos de sus ‘residentes’
Decenas de personas se adelantaron a colocar flores en los nichos de sus parientes, desde el jueves.
José Olmos
2 de Noviembre, 2015
2 Nov 2015

La medianoche porteña de los albores del presente siglo era más oscura que otras noches en el hoy Cementerio Patrimonial de Guayaquil, conocido desde su creación, en 1823, como cementerio general. El bullicio característico de la calle Julián Coronel desaparecía a ratos. Entonces, un charrasquido se repetía rítmicamente y se lo oía fuerte, asustador y amenazador en los pasillos entre bóvedas.

Un guardia asustado le advirtió de ese sonido a su compañero Eduardo Pinta, quien entonces hacía guardia nocturna por el sector de la puerta 3. Él tranquilizó al asustado. “Aquí no hay fantasmas”, le dijo y lo invitó a ir en busca del origen de ese sonido extraño. Caminaron hasta la puerta 8. Allí, en una bóveda del cuerpo 94, notaron que un alambre que colgaba se movía con el viento y raspaba la puerta. “Se escuchaba como si alguien estuviera provocándolo en una tumba”, señala ahora Pinta, quien a sus 72 años y 44 de labores en el cementerio, ejerce la tarea de guía del camposanto, declarado Patrimonio Cultural Nacional por el Ministerio de Cultura, en 2003.

“Mucha gente cree que el cementerio asusta. Pero es un escenario de santa paz. La persona que tiene miedo es porque tiene mal corazón; si viene con voluntad solo cosas buenas hallará”, expresa Pinta. Él, junto con el coordinador del área de la puerta 3, Hernán Isidro Tello, llaman a que quienes acuden a visitar a sus difuntos lo hagan con optimismo y cariño.

Ellos son dos del casi centenar de empleados que viven gran parte de sus jornadas en el camposanto, administrado por la Junta de Beneficencia de Guayaquil desde 1888. Este aloja actualmente a 490 mil almas o cuerpos inhumados, alrededor del cerro del Carmen y en sus laderas. Hoy, este estará copado de familiares que llevan un ramo de flores, una vela, una serenata, un suspiro o una lágrima a sus parientes en este Día de los Difuntos.

Pinta ha tenido tantas anécdotas y contratiempos por el temor que infunde en algunos visitantes, sobre todo en las noches. Él es una enciclopedia viviente. A los turistas que llegan a recorrer el área patrimonial, ubicada en la puerta 3, les cuenta sus vivencias, pero para motivar a desterrar el temor.

Recuerda a un guardia que lo pasaron del hospital Luis Vernaza al cementerio y que por el miedo solo estuvo unas horas y nunca volvió a su trabajo. “Hay gente que ve fantasmas solo porque se mueve la sombra de las hojas de los árboles”, dice.

Hace 15 años, cuando trabajaba en la puerta 8, había ingresado un hombre que se suicidó disparándose en la cabeza con un revólver de bala U. Hace 12 años, rememora, en la puerta 11 halló una mañana a un hombre ahorcado. Relata con especial énfasis lo que vio en la puerta 10 a las 8 de la mañana de un día cualquiera de hace una década. Un niño lloraba y a gritos le pedía explicaciones a su padre, que estaba sepultado, sobre por qué se había muerto y lo había dejado solo a los 7 años.

Pinta, padre de siete hijos y residente en el suburbio, considera que “los llamados pelucones, son más fríos”. Indica un mausoleo de un empresario que en vida era millonario, cuyos herederos, también pudientes, no llegan a visitarlo ni en el Día de los Difuntos.

“Aquí hay igualdad, se acaba el dinero, el poder. Aquí se ve el cariño”, insiste y señala que hay miles de tumbas olvidadas. Dice que el pueblo, como llama a las familias de poco poder económico, es el que más lleva mariachis, el que más llora y recuerda con amor a sus muertos.

Pinta recuerda decenas de sepelios multitudinarios. Cita primero el del cantante Julio Jaramillo, en 1978, por la cantidad de gente que acompañó al féretro. Recuerda que quien tapó su tumba fue Kelvin Durán, panteonero ya jubilado. También rememora el masivo sepelio del animador de televisión Marco Vinicio Bedoya, en 1998. “Chonillo lo tapó”, refiere. Cita que en los sepelios se han peleado dos mujeres por un muerto; se pelean bandas y hay hasta disparos, por lo que acude la Policía, y resalta las despedidas de los emelecistas y barcelonistas. El martes pasado, en la puerta, 15, cuerpo de bóvedas 236, testificó un homenaje de la barra del Barcelona a uno de sus miembros fallecido.

Hernán Tello también destaca pasajes de mucho dolor al despedir y cariño, cuando vienen los deudos de visita, y rememora lo que sucedió en el fenómeno de El Niño de 1997-1998, cuando por los deslaves caían del cerro los cuerpos. “Los recogíamos y devolvíamos a los nichos”. Espera que con la nueva llegada del fenómeno, no se repitan estos percances.

Tello dirige a once encargados del aseo en el sector patrimonial, donde reposan 18 expresidentes del Ecuador y otros personajes. Allí están los mausoleos de hermosos diseños arquitectónicos, adornados por estatuas y hechos en mármol.

Ambos insisten en que este camposanto es un sitio de expresión de amor a los seres queridos, así estén ausentes por décadas y enlistan a decenas de personajes que allí reposan, como el escritor Medardo Ángel Silva, que está en la puerta 2, cuarta fila, o el expresidente Carlos Julio Arosemena, en la puerta 6. Tello considera, sin embargo, que la afluencia de sepelios ha bajado en los últimos años por la oferta de otros lugares como Parque de la Paz, Cementerio Metropolitano o Jardines de Esperanza.

Pinta pide meditar en este Día de los Difuntos en que la vida es un suspiro. “Cuando uno pisó la raya, se muere; es una ley de Dios”. Llama a los vivos a honrar a sus muertos. (I)

La paz y las escenas del cementerio, contadas por dos de sus ‘residentes’
Gran Guayaquil
2015-11-02T00:00:13-05:00
Eduardo Pinta y Hernán Tello han vivido historias de vida y de muerte en su sitio de trabajo.
El Universo