“Le voy a explicar una cosa que va a destrozar a la sociedad...”, advierte Jhonny antes de relatar cómo se vinculan los grupos juveniles y pandillas de colegios con el mundo de las drogas.

“Ahorita nos armamos un grupo interno y comienzo a reclutar jóvenes. Entre peladas y hombres vacilamos, con esa droga (hache) el cerebro se les duerme, el que no está en la onda, no está en nuestro gajo. De aquí a mañana me peleo con él, él se abre más allá y jala otro grupo y él se llama Joao, los Joao, y acá los Jhonny.

“Ahora, yo me pongo pilas que tengo unos 20 o 30 (amigos), me compro una cápsula de hache que me vale $ 80 y comienzo a venderle a cada uno a $ 2, les saco $ 500 en menos de una semana, entonces yo ya tengo mi punto de venta y tengo más gente, entonces ya me voy de pelea con él, por el punto de droga, por los clientes.

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“Yo los tengo a ellos (diciéndoles) yo te doy mejor material, y eso es lo que pasa en el colegio (menciona el nombre), pero ahorita es sano vandalismo, mañana uno que atente contra otro, ya levanta las armas”, concluye Jhonny, líder de la organización Latin King, reconocida legalmente en el país.

El relato que cuenta Jhonny no es ajeno para quienes tratan la problemática de estos grupos y drogas. “El avivamiento de las pandillas se da por el aumento del narcotráfico, que ha visto como operadores del microtráfico a los chicos de las pandillas, ya es público que el cartel de Sinaloa opera en Bastión”, dice el titular de la Dirección de Acción Social y Educación (DASE), Roberto Vernimmen.

La DASE hizo “un ejercicio de observación” en varias troncales de la Metrovía y detectó que pandillas vendían drogas en las estaciones. “La de Bastión estaba ligada al tráfico, de hecho, muchos jóvenes consumían ahí y los mayores obligaban a consumir a los demás”.

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Una usuaria de Metrobastión dice que hace tres semanas un adolescente de 15 años inhaló drogas dentro de la unidad: “Yo me subí en la estación del colegio Dolores Sucre, el chico se subió en la de Mapasingue. De pronto, sacó una fundita con un polvo blanco y un palillo finísimo, y nos quedamos en shock cuando en nuestra presencia inhaló por la nariz ese polvo”.

Vernimmen señala que otro punto donde se observó a pandillas fue en la troncal 1. “Esta red, no de microtráfico sino de robos, operaba en el Guasmo”.

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La vinculación entre las pandillas y las drogas también la considera la Policía, aunque no cuenta con investigaciones que lo sustenten. “Puede haber vínculos, porque los más avezados son los adolescentes, les dan una moto.., pero hasta aquí no se ha presentado una pandilla que esté liderando el microtráfico en la ciudad”, expresa Omar Paredes, jefe de la unidad Antinarcóticos del Guayas.

En Guayaquil, según estimaciones del Municipio, hay unos 20 mil jóvenes inmersos en organizaciones urbanas legales, como Latin King, Ñetas, y también pandillas en colegios.

“Las más grandes son los Latin King y Ñetas, hay otras que se han mantenido en el tiempo y que son menos conflictivas como Big Clan, Viuda Negra, Master of de Street”, explica Ernesto Piechestein, coordinador de la Mesa de Concertación de Juventudes del Municipio.

Hace unos cinco años, dice Piechestein, estas organizaciones tenían la necesidad de hacerse visibles para controlar su territorio, pero ahora no. “Tienen estructuras bien organizadas, cada líder reporta a los otros los negocios que puedan tener, microtráfico o también cosas buenas”, dice sin descartar que a los mismos líderes les resulta difícil mantener la disciplina en su agrupación.

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Jhonny reconoce que hay “disidentes” en las agrupaciones y que es probable que sean estos quienes estén armando nuevas gangas o pandillas. Piechestein agrega: “Veámoslo por el otro lado, los problemas en los hogares son más graves”.

10 años es la edad en que se empieza a reclutar a menores para que integren grupos o pandillas, dicen expertos.