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Medito cuando...

Estas caminatas, de las que a veces reniego,  me acercan a minutos de flexibilidad conmigo mismo que pueden encender luces.

Foto: redaccion

El ejemplo viene de mis alrededores. La meditación como disciplina existencial muchas veces la constato cuando veo a vecinos haciéndola en sus aposentos a través de ventanas entreabiertas mientras paseo en las mañanas a Playerita, la perra. Y allí medito unos minutos: Playerita muchas veces me agarra el cordón con sus dientes y ella es la que me lleva de paseo en días donde hay sorpresas que desconozco, porque por lo general su ruta es llevada por el olfato y ese sexto sentido animal que los seres humanos desconocemos.

Esos veinte minutos caminando tres veces al día por lugares que ya conozco casi de memoria me hacen volar la mente a otros espacios, que no son siderales. Como que Playerita me lleva a una desconexión saludable que por lo general tiene que ver con sueños y proyectos, con ideas y sentimientos, de la manera como ella descubre novedades misteriosas en su camino. A veces son días grises y ahora hasta lluviosos –para eso está mi paraguas– y me puedo sentir un tanto incómodo.

No olvidemos que hay que recoger las deposiciones de Playerita, pero hasta esos “disciplinados” actos diarios me acercan a lo que Dayse Villegas nos trae en sus reflexiones sobre la meditación como una fórmula de bienestar y relajación, una herramienta efectiva para entrenar nuestro cerebro y nuestro corazón en los avatares del día. Estas caminatas, de las que a veces reniego, me acercan a minutos de flexibilidad conmigo mismo que pueden encender luces.

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