A Benjamín Cordero, un preparatoriano del oeste de Nueva York, le encantan las divas del pop, sobre todo Lady Gaga. Antes era fanático casual de lo que sonara en la radio, pero su conversión se completó cuando la cantante se presentó en el espectáculo de medio tiempo del Supertazón en 2017, y en el periodo prolífico desde entonces —que incluyó Nace una estrella— su devoción ha seguido creciendo.

Este año, mientras Lady Gaga se preparaba para lanzar su álbum más reciente, Chromatica, Cordero se unió a Twitter, la plataforma donde se reúnen los aficionados del pop, donde dedicó su cuenta a todo lo relacionado con Gaga. Tuiteó miles de veces durante la pandemia, a menudo usando jerga especializada y chistes internos, junto con cientos de fanáticos de la cantante, conocidos como Little Monsters, amigos de internet.

Sin embargo, no todo es alegría y comunidad en estos círculos. También hay batallas que librar con grupos rivales o críticos. Y, para Cordero, eso implicaba trolear a los fanáticos de Ariana Grande. Así fue el fanatismo del pop en 2020: competitivo, arcano, obsesionado con las ventas, a veces inútil, caótico, adversario, divertido y un poco aterrador. Todo casi por completo se desarrolla en línea.

Aunque la música ha estado entrelazada durante mucho tiempo con las comunidades de internet y el auge de las redes sociales, una facción creciente de los entusiastas del pop más vociferantes y dedicados ha adoptado el término stan —tomado de la canción que Eminem lanzó hace veinte años, sobre un superfan convertido en acosador homicida— y están redefiniendo lo que significa amar a un artista.

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“Estas personas ni siquiera saben quiénes somos, pero pasamos incontables días y meses defendiéndolos de algún desconocido en internet”, dijo Cordero. “Cuando alguien dice algo negativo sobre Lady Gaga, algo en tu interior inevitablemente se siente herido”, explicó sobre su lealtad.

La relación unilateral entre fanes e ídolos preocupa a algunos por los efectos en la salud mental a largo plazo de tal devoción.

My Space, el origen

A principios de la década de 2000, Myspace marcó un punto de inflexión, presagiando una era de redes sociales en la que los fanes podían conectarse directamente con los artistas, causando que algunas personas se volvieran más hostiles, abusivas o se sintieran legitimadas, dijo Baym.

Al mismo tiempo, American Idol enfrentó a las legiones de fanáticos entre sí mediante la famosa votación popular.

Paul Booth, profesor de Estudios de Medios de Comunicación en la Universidad DePaul, investiga cómo la gente utiliza la cultura popular como apoyo emocional y para obtener placer. En una entrevista señaló que, en la última década, “se ha pasado de una comprensión general de que hay gente que se llama a sí misma fan, pero que no sabemos realmente quiénes son o qué hacen, a una cultura en la que se dice: ‘Yo soy fan; tú eres fan; todo el mundo es fan’. Antes esas personas existían, pero se reunían en el sótano gritándose unos a otros”, añadió. “Ahora se reúnen en Twitter y se gritan unos a otros, y todo el mundo en línea puede verlo”.

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También van a comprar. A medida que los artistas han ido reconociendo su influencia directa en sectores de su público en línea —a veces, haciéndolos caer en manos de sus detractores o, al menos, sin pedirles que se detengan— también han llegado a depender de su consumo constante, especialmente en la era de la transmisión en continuo.

Además de alimentar el auge de la mercancía, estos fanes del pop se han encargado de aprender las reglas que rigen los gráficos de Billboard y las plataformas de transmisión en continuo que proporcionan sus datos, con la esperanza de maximizar el impacto comercial a cambio de poder fanfarronear. No obstante, algunos ven estas relaciones entre fanes e ídolos como parasociales, interacciones en gran parte unilaterales con figuras de los medios de comunicación que se disfrazan de amistad, y se preocupan por los efectos de salud mental a largo plazo de tal devoción.

Haaniyah Angus, una escritora y ex stan durante su adolescencia que ha escrito sobre sus experiencias en la subcultura, señaló que el standom era “muy dependiente del capitalismo y la compra”, de una manera que convenció a los consumidores, en nombre de “la gente realmente rica”, que “su victoria es tu victoria”.

“Para mí y para muchos conocidos, mucho de ello se derivaba de que estábamos muy solos, muy deprimidos y ansiosos, diciendo: ‘Voy a olvidar lo que estoy pasando en este momento y me voy a enfocar en esta celebridad’”, dijo.

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Esta dinámica sirvió a menudo para acabar con la disidencia en las filas, que una vez fue vista como un componente crucial del fandom.

No creo que el fandom tóxico sea sinónimo de la cultura stan”, dijo Booth, el investigador de los estudios sobre fanes. “Pero uno de los peligros de la cultura stan —es decir, el peligro de un grupo de fanes que son tan apasionados por algo que acaban en los comentarios negativos— es que puede eliminar conversaciones necesarias cuando nuestros medios y celebridades nos defraudan”.