Siempre hemos pensado de la ansiedad como una afectación emocional que agrede nuestra mente y nos ubica en una posición de alta vulnerabilidad, incertidumbre y, en casos extremos, desesperación. Pero  también la sentimos en el cuerpo.

Cuando la mente se estresa nuestro organismo, automáticamente, produce hormonas (que se llaman “del estrés”, como la adrenalina y el cortisol), que nos preparan para una situación de emergencia generalizada y modifican nuestra fisiología para proporcionarnos fuerza y rapidez.

El cuerpo, no la mente, interpreta el estrés como una amenaza de vida o muerte y nos prepara para atacar o huir –es una herencia de nuestra pasada vida animal–.

En este proceso algunas funciones no vitales se suspenden (como la digestión) y otras se potencializan (como la presión arterial y el ritmo cardiaco). La naturaleza nos diseñó así, es nuestro instinto de conservación en acción. 

El gran problema en nuestro mundo civilizado es que las principales fuentes de estrés no son propiamente las amenazas a la vida, sino a nuestro bienestar.  Los problemas personales, económicos, sociales, políticos, etc., nos causan estrés y nuestro cuerpo reacciona de la única manera que “sabe”.

Pero en nuestra realidad actual  no podemos “huir o atacar” porque, a diferencia de una fiera que intenta  devorarnos, el enemigo no es alguien que está físicamente frente a nosotros (a menudo son fantasmas producto de nuestra inseguridad o sentimientos de impotencia).

El resultado es que nos quedamos cargados, saturados de esta energía negativa que no podemos desfogar y nos mantiene en constante estado de alerta, con todos los sistemas activados, como un vehículo acelerado y frenado a la vez, desgastándose pero sin moverse. Este desgaste no tratado puede causar daños físicos crónicos. 

Se sabe que el estrés juega un papel importante en  síntomas como dolores en el pecho, taquicardia, insomnio, o en la aparición de frecuentes gripes,  infecciones o incluso contracturas musculares. También se ha establecido su influencia en la intensificación de dolores de cabeza, diabetes, asma, artritis o depresión.

Se estima que el 40 por ciento de los adultos sufren de problemas en su salud física por estrés, y la mitad de la prevalencia de las afectaciones emocionales en adultos tiene su origen en el estrés no tratado. Por estas razones es imprescindible hablarle al médico sobre nuestro estado emocional al analizar nuestros problemas físicos, para tratarlos en su verdadero origen. (O)