Un candado sin llave

9 de Diciembre, 2018 - 00h00
9 Dic 2018
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9 Dic 2018

Comentando sobre la fertilidad que tiene la política latinoamericana para inspirar a la literatura, le escuché decir a Vargas Llosa años atrás que el caso de Velasco Ibarra le parecía fascinante, fue elegido cinco veces presidente, y derrocado cuatro. El papel que jugó don José María Velasco Ibarra en el Ecuador por casi cuatro décadas fue impresionante. Al igual que lo que se ha dicho sobre el peronismo en Argentina, llegó un momento en el Ecuador en que “todos eran velasquistas”, unos más, otros menos.

Curiosamente hay pocas biografías de este personaje, especialmente sobre sus años de juventud. Este es un vacío que ha venido a llenarlo en parte y con bastante mérito Alberto Acosta-Burneo con su libro Pasiones de juventud (Editorial

Paradiso, 2018). La obra comienza con un análisis de la formación del pensamiento de Velasco hasta 1922 y el contexto político en que se debatía el país. Eran años en los que el conflicto liberal conservador había llegado a su agotamiento. Velasco buscó conciliar la modernidad, y en particular el liberalismo, con la fe y el cristianismo, en general. Otra parte del libro está dedicada a conocer más de cerca el círculo íntimo del joven José María: su entorno familiar (madre, tíos, etc.), sus amigos y sus profesores, entre quienes destacan don Víctor Manuel Peñaherrera y el arzobispo González Suárez. Este último en una ocasión comentó que el enigmático joven Velasco Ibarra, que asistía a unas tertulias organizadas por el prelado, se parecía a un candado cuya combinación se había extraviado.

Y luego la obra da un giro interesante al develar un desconocido incidente que tuvo el futuro líder político durante sus años veinte. Para ello, Acosta cuenta con una fuente de extraordinario valor. Se trata de un manojo de cartas que habían permanecido por casi un siglo en un escritorio del abuelo de Acosta, quien, a su vez, fue sobrino del expresidente ecuatoriano.

Al frisar sus 28 años el joven José María, que ya era el centro de atención por su brillante inteligencia, tuvo un arrebato sentimental por una joven quiteña, no obstante que estaba ya comprometida con un teniente. Este y otros hechos pusieron en alarma al círculo íntimo de Velasco que buscó disuadirlo. El joven optó entonces por irse a Guayaquil por un tiempo, que era “como irse a la China” en aquella época, para escapar del barullo. Lo que sigue es un cúmulo de cartas que van y vienen, y que Acosta reproduce íntegramente, cartas que, al margen del incidente sentimental, reflejan toda una época, una época de un país que han tratado que lo olvidemos.

Como recuerda Gonzalo Ortiz en su prólogo, hoy Velasco sería un ser incomprensible. Habiendo sido presidente cinco veces, vivió austeramente y murió pobre, sin otra riqueza que el amor por su esposa y su pasión por los libros.

Pasiones de juventud está disponible en librerías de Guayaquil y Quito. (O)

Un candado sin llave
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2018-12-09T00:00:55-05:00
Comentando sobre la fertilidad que tiene la política latinoamericana para inspirar a la literatura, le escuché decir a Vargas Llosa años atrás que el caso de Velasco Ibarra le parecía fascinante, fue elegido cinco veces presidente, y derrocado cuatro.
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