Guayaquil es una ciudad que se ha convertido en elemento referencial de la historia, la crónica y la música. Pero indudablemente donde más se la expone en toda su vitalidad y complejas contradicciones ha sido en la literatura, ningún arte como el de las letras ha podido desentrañar la esencia dual de esta urbe acogedora, pero también temible, la mezcla de trópico y crisol de pueblos.

La ciudad logró atrapar y embelesar el talento a nivel poético de autores como Olmedo, Medardo Ángel Silva, Numa Pompilio Llona, Hugo Mayo, Rafael Díaz Ycaza, José María Egas, Dolores Sucre, Rosa Borja de Icaza, Ileana Espinel que le cantaron a su belleza, pero también a sus llagas, como fue el caso de Silva, no solo en poesía sino también sus crónicas periodísticas.

Bajo el seudónimo de Jean d’Agréve, Medardo Ángel Silva describió casi de manera fotográfica los rincones más sórdidos de Guayaquil. El bulevar 9 de Octubre, la Quinta Pareja, el Teatro Olmedo y los prostíbulos fueron los escenarios recurrentes para sus crónicas.

En el relato la ciudad ha sido la protagonista principal de la pluma de lo más granado de la narrativa ecuatoriana, desde los integrantes del Grupo Guayaquil que ven la ciudad como una frontera limítrofe entre lo urbano y la ruralidad. Destaca el cuento de Demetrio Aguilera Malta, El cholo que se fue pa’ Guayaquil, cuyo personaje es la representación del campesino que migra a la urbe y se enamora de ella para comenzar a echar raíces.

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Siguiendo con los integrantes de este grupo está Alfredo Pareja, guayaquileño de cepa. Guayaquil es el escenario de la mayoría de sus relatos, y quizás una de sus novelas clave es Baldomera, la mujer afro que deambula vendiendo mercadería en las calientes calles de la ciudad, en una especie de odisea homérica.

Pepe de la Cuadra, en Los monos enloquecidos, nos ofrece una visión crítica de la ciudad, donde esta crece de manera desmedida y donde el cemento va desplazando a la caña, al mangle, al guachapelí, al moral, para despojarse de una identidad histórica.

Pero Guayaquil tiene dos novelas cumbres, que son carne y memoria de su propio ser, la Guayaquil obrera, del Astillero, la de las pandillas de barrio, la del olor a pan, manglar y río, la Guayaquil insurgente, esa que tanto amó Joaquín Gallegos Lara y que la plasmó con tinta y sangre en Las cruces sobre el agua.

Para completar este díptico está Jorge Velasco Mackenzie con su obra cumbre El rincón de los justos, novela que rinde un homenaje sentido a una ciudad sumergida en la marginalidad, Velasco con una mirada de caleidoscopio transita por una urbe profunda representada en ese barrio imaginario de Matavilela, que puede ser uno o todos los barrios de Guayaquil, donde desfilan una fauna de personajes tan entrañables como mefistofélicos.

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Pero si las dos novelas arriba mencionadas marcan en mayúsculas la identidad del guayaco, del porteño, otros autores no han dejado de describirla como es el caso de Miguel Donoso Pareja, en su brillante La muerte de Tyrone Power en el Monumental del Barcelona, con una Guayaquil violenta y devoradora de sus habitantes.

El rincón de los justos, de Jorge Velasco Mackenzie.

Gabriela Alemán, en Poso Wells, se vuelca en una ciudad abismal, para escribir una novela en clave policiaca, con un realismo duro y apretado.

Los cuentos de la escritora Gilda Holst demuestran el amor que ella guarda por esta ciudad, su libro Obra completa, publicado por Cadáver Exquisito, rescata sus textos en los que vemos a sus personajes transitar por el centro de Guayaquil. Sin embargo, su novela Dar con ella’ tiene a la ciudad como escenario principal.

No podía faltar en este recorrido literario las obras de Germán Arteta Vargas. Sus libros son un legado para la memoria de Guayaquil, ya que evoca la historia y tradiciones de la Perla del Pacífico. Entre su amplio listado se pueden citar los libros Guayaquil nostálgico, Estampas porteñas, Personajes populares de Guayaquil, ¡Qué oficios aquellos! y otros.

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Otros autores en el escenario contemporáneo

Dentro de la esfera contemporánea se puede mencionar a Ernesto Carrión, quien ha tomado a Guayaquil como ese escenario donde sus personajes han experimentado una serie de emociones y sensaciones como: la frustración, la ira, la alegría, el placer, el abandono y más. En el El vuelo de la tortuga pone sobre la mesa el tema de la migración, pero también recoge la vida en el centro de Guayaquil y habla de algunos personajes olvidados como los recicladores.

En Un hombre futuro, del mismo autor, vemos sobre todo a un padre y un hijo viviendo sus momentos bohemios por algunos lugares claves del centro de la ciudad. Mencionarlos en el libro, es como una especie de homenaje discreto a sitios donde varios personajes de la vida real se congregaron para tertulias o más. La lista de este autor no se limita, sus otros títulos como Incendiamos las yeguas en la madrugada y El día en que me faltes también destacan. En este último presenta a una periodista que va tras las pistas de la misteriosa muerte de Medardo Ángel Silva, pues no cree en la teoría de su suicidio.

Gabriela, de Raúl Vallejo, narra la historia de una periodista transexual de la ciudad que aspira a ejercer libremente su profesión y ser amada. El autor elige la avenida Quito como la locación principal de una novela que habla del odio, los prejuicios, el miedo y la perseverancia con Guayaquil de fondo.

El libro flotante de Caytran Dolphin, de Leonardo Valencia traslada a los lectores hacia un Guayaquil “medio sumergido en una repentina inundación y habitada por unos extraños supervivientes que se refugian en las colinas”.

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Leonardo Valencia, escritor ecuatoriano.

En La desfiguración Silva, de Mónica Ojeda, su autora hace un estudio y varias reflexiones de la ciudad. Se puede mencionar también otras obras como Descartable, de Andrés Emilio León; El buen ladrón, de Marcelo Báez; Crónica de jaibas y cangrejos, de Dalton Osorno; Poemario Guayaquil, de María Auxiliadora Balladares.

Y así Guayaquil seguirá siendo la musa brillante o atormentada de los escritores que aman y quizás también la odien. (I)