Tal vez nunca dejará de usarse aquella estrofa de la canción del argentino Alberto Cortez que dice: “Cuando un amigo se va/ queda un espacio vacío/ que no lo puede llenar/ la llegada de otro amigo”. De tanto repetirla puede convertirse en un lugar común, pero la letra y la melodía tienen la eternidad de las cosas sencillas nacidas de la sabiduría popular.

No hace sino una semana, con el corazón estremecido, despedimos al inolvidable Pedrito Mata Piña, un símbolo del guayaquileñismo puro, depositario además de un archivo instalado en su memoria en el que se acumulaban miles de anécdotas de la vida de la ciudad, y, particularmente, del deporte porteño.

Vivió el deporte como lo hacían los niños de antaño: aprendió a nadar y compitió en la vieja y ya derruida piscina del Malecón; se atrevió a cruzar de Durán a Guayaquil y se hizo futbolista. Fue fundador del club Roc Roc (Roca y Rocafuerte), que jugaba en la Liga de Novatos Independiente en las canchas de La Atarazana. En esa esquina estaba la pensión donde vivían los jóvenes vinceños que llegaban a estudiar a Guayaquil y fueron ellos los que lo inquietaron para viajar a Vinces. Era ya un joven alero derecho y le pusieron la camiseta del San Lorenzo. Pedro Mata quedó con el puesto y con el amor a París Chiquito que lo adoptó como hijo. El cabildo de esa ciudad lo declaró Vinceño honorario.

Pedrito Mata brilló también en el balompié mayor. Integró el Reed Club, en el que alineó en una delantera muy celebrada: Mata, Gerardo Veintimilla, Jorge Mocho Rodríguez, Elías Malabarista Tumbaco y Carlos Rivas. Siguió en ese equipo en 1951, en la primera temporada del profesionalismo, y su anhelo de jugar en Barcelona se frustró por un problema entre dirigentes. Se fue a Estudiantes del Guayas, en el que continuó siendo un gran puntero junto con Pedro Intriago, Felipe Gallina Carbo y Alberto Mexicano Mera. Mata se retiró para terminar sus estudios, egresó de la Facultad de Economía de la Universidad de Guayaquil, fue funcionario del Banco La Previsora, en la sección Comercio Exterior; y luego fue agente afianzado de Aduanas, profesión que practicó hasta sus últimos días. Amante de los boleros de antaño, su espíritu romántico no soportó la muerte de su esposa, con la que estuvo unido por 70 años. Su salud se deterioró y al fin, 42 días después, marchó al encuentro de su amada doña Esperanza.

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Explosión emocional

Cuando no se cerraba aún la herida sangrante que ha dejado la partida de ese ser de luz que fue Pedrito Mata, el jueves nos sorprendió otra noticia lacerante: acababa de fallecer Simón Cañarte Arboleda. Cuando cerraron el teléfono retumbaba aún en mis oídos esa explosión emocional que deja el paso a la eternidad de un amigo muy querido, un hermano que se cruzó en nuestras vidas como un obsequio de Dios. Ya no era un amigo el que se iba, eran dos: Pedrito y Simón.

Tener amigos es sin dudas una de las formas más saludables de atravesar la vida. En ellos confiamos y a ellos pedimos consejos. Del mismo modo, ellos confían en nosotros y acuden cuando lo necesitan. El vínculo se vuelve indestructible. Dicen que los buenos amigos son los hermanos que podemos escoger y los llegamos a querer tanto que son como si fueran parte de nuestro propio yo. Ese es el sentimiento que me unió a Pedro Mata y a Simón Cañarte.

Fallece Simón Cañarte Arboleda, símbolo de Barcelona SC y goleador en 1957 del primer campeonato nacional de fútbol

“Una persona tiene acceso a la salud psíquica, a la salud emocional, en la medida en que puede estar relativamente bien integrado con sus vínculos sociales. De ahí surge la amistad”, explicó Guillermo Bruschtein, psicoanalista argentino. “Damos mucha importancia a poder vincularnos con aquellos que sentimos que tenemos cosas en común”. ¿Cuáles fueron esas cosas en común que crearon la raíz vital que me hizo hermano de Pedrito Mata y Simón Cañarte?: sin duda, la alegría de vivir, el buen humor, la devoción a los recuerdos, el respeto a la amistad, la nobleza de alma. Ambos respiraban lealtad como su oxígeno espiritual.

Amor por Barcelona SC

Hoy con Simón Cañarte se marcha un jirón glorioso del deporte guayaquileño, de nuestro fútbol y de nuestro Barcelona. Amaba hasta el fondo de su alma la camiseta oro y grana que vistió cuando tenía solo 18 años, en 1951. Surgió como futbolista en los patios del colegio José Domingo Santistevan y en el Millonarios de las ligas de novatos. De la Unión Deportiva Comercial pasó a Barcelona cuando el dirigente torero Paul Schuller lo vio disparar los cañonazos que más tarde engrandecieron a Barcelona.

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Nuestro Diario describió ya varias de las anotaciones que quedaron en la historia: el misil que no pudo atajar el gran arquero de Independiente de Avellaneda Julio Cozzi, el tirazo de media cancha que rindió al chileno Donoso, de Palestino; y el gol de chilena con el que sorprendió al llamado León de Wembley (por su asombroso desempeño en un partido amistoso Inglaterra-Argentina, en 1951): Miguel Ángel Rugilo, de Tigre de Buenos Aires. Goleador insigne, sus conquistas marcaron la vida del barrio del Astillero durante siete temporadas.

Simón Cañarte, en diálogo con EL UNIVERSO en enero de 2017.

Se retiró Simón en 1958 con apenas 25 años, porque los profesionales de entonces debían tener un trabajo. El fútbol no daba para vivir. Creó junto con su hermano Clímaco Cañarte la Fundación Ídolos del Astillero, recibió en Durán un erial lleno de monte y rocas, lo transformó en un estadio lleno de verdor, con cerramiento y canchas de césped. Cuando venció el plazo de la cesión, los políticos que se relamían por apropiarse del trabajo ajeno le quitaron el estadio.

Antes de cerrar su féretro para dejarlo “en la ciudad blanca de la que no se vuelve” recordé las frases del poeta Pablo Neruda en el funeral de su amigo Paul Eluard: “Hoy entregamos a las sombras un ser resplandeciente que nos entregaba una estrella cada día. Fue mi amigo de cada día y pierdo su ternura que era parte de mi pan. Nadie podrá darme ya lo que él se lleva porque su fraternidad activa era uno de los preciados lujos de mi vida. Me inclino sobre tus ojos cerrados que continuarán dándome la luz y la grandeza, la simplicidad y la rectitud, la bondad y la sencillez que implantaste sobre la tierra”.

Ahora que ya no perteneces a este mundo, querido hermano Simón Cañarte Arboleda, nos has enseñado que la amistad puede pasar los límites de la muerte y que ese sentimiento que nos unió en vida permanecerá íntegro en nuestros corazones. (O)