Para empezar: estamos en la mejor época del fútbol. Nunca en la historia se jugó como lo hemos visto en esta Champions. Lo sabemos, el hincha de fútbol, por lo general, es un nostálgico irredento, vive aferrado a la Edad de Piedra, abrazado a la pelota de 1930. Habita en la era tecnológica, pero adora el pasado y se obstina en creer que en los años 40, los 60 o los 80 se jugaba mejor, con más entusiasmo y mayor preciosismo. Ni por asomo. Aquello está a años luz de este presente. Recuerdo a mi padre protestar frente al televisor: “No sudan la camiseta”, “Se mueven como carretas”, “No dan un pase bien”… Hoy no sucede nada de eso. Se marca muchísimo más que antes, se presiona, se corre, se lucha sin parar 97 o 98 minutos, se juega a gran velocidad –que en sí misma es un escollo para la precisión– y el grado de obstáculo es infinitamente superior al de antaño, pero, aún así, vemos muchos goles, espectáculos fantásticos, vibrantes como la mayoría que se dieron desde octavos de final en adelante. Y se ven proezas técnicas, consumadas a una ostensible rapidez. Todo a un sostenido ritmo de vértigo. Los equipos salen a ganar y se dan partidos de ida y vuelta infartantes. Especialmente si juega el Real Madrid…

Crecí escuchando la célebre frase “El fútbol se muere”, sin embargo, nunca gozó de tanta salud.

Manchester City y el Madrid compusieron dos semifinales sensacionales, volcánicas, con 11 goles entre ambas, docenas de jugadas de riesgo y una emoción límite. Juega mejor el City, fue mucho más en Manchester y ligeramente superior en Madrid, sin embargo, aún pesa más el escudo blanco que el celeste. El cuadro de Guardiola no posee la mística ganadora de los madridistas, la que le impuso la ferocidad competitiva de Alfredo Di Stéfano. “En su vocabulario no entraba la palabra empate”, definió José Santamaría, zaguero de aquel Madrid de las cinco copas de Europa. Y Pachín, otro cófrade de esa camada, lo explicaba a manera de anécdota: “Alfredo era un ganador tremendo, nunca vi a nadie igual. Ponte que íbamos a jugar a Santander por Copa del Rey y ganábamos 5 a 0; a la vuelta, en el tren, se sentaba cinco minutos con cada uno; venía y te decía: ‘Mira que la serie no está cerrada, eh…’ Y todos le respondíamos lo mismo: Alfredo, relájate, hemos ganado 5-0 de visita… Pero él insistía: ‘Mira que la serie no está cerrada’. No quería que nadie se aflojara, no admitía la derrota”. Ese espíritu sigue flotando sobre el Bernabéu y es la explicación de sus noches mágicas. Todos parecen tenerlo muerto y enterrado, pero resurge el Madrid y fulmina a sus rivales, aunque el reloj diga que no, que ya no más.

Futbolísticamente sí es inexplicable, casi siempre dominado y superado por los rivales –PSG, Chelsea, City– pero estando en la lona se levanta y mata. Es una mezcla de grandeza, mística, audacia, suerte y determinación. Hay mucha camiseta, mucha historia y la leyenda de la épica se la creen los que se ponen la blanca y también los contrarios, que, cuando reciben un gol madridista, se paralizan. Y tiene el gol fácil el Madrid, llega cuatro veces y anota tres. Eso es devastador, por ejemplo, para un Manchester City que debe generar seis para marcar uno.

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Y está la histórica visión merengue para los fichajes, desde Di Stéfano a Benzema pasando por Gento, Puskas, Amancio, Juanito, Hugo Sánchez, Zidane, Hierro, Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Roberto Carlos, Modric, Courtois, ahora Vinicius… Una interminable lista de aciertos. Entre tanto fichaje le puede pasar un Hazard, no es grave.

Liverpool, un equipo de autor

Guardiola no gusta de tener un 9 de referencia, no quiere uno que esté en el área sino varios que lleguen al área. Pero erran mucho. Aparte hay cierta responsabilidad de Guardiola. El día anterior, en la rueda de prensa, dijo que con el Madrid el partido nunca está terminado hasta que efectivamente termina. Ya en la cancha, sacó temprano a De Bruyne y luego a Gabriel Jesús y Mahrez, tres de sus cuatro mejores, el otro es Bernardo Silva. Era el partido del año para el City, el que le daba la final. ¿Por qué sacarlos a ellos…? Los futbolistas de hoy pueden correr tres horas seguidas. Los buenos no salen nunca hasta estar asegurado el resultado.

El Liverpool no sabe de milagros, es una maquinaria homogénea que funciona como un todo. Técnico, jugadores, hinchas, carácter, linaje y orgullo componen ese todo. Es el club inglés más ganador a nivel internacional. En el rectángulo, hace presión asfixiante en campo rival, ataca sin pausas y tiene una movilidad que le genera espacios para fabricar los goles. Pero su fuerza no proviene de una cuestión táctica, sino del compromiso fabuloso que logra Jürgen Klopp de todos sus jugadores. El grado de concentración, ambición y esfuerzo de los once que están en el campo lo torna un equipo inaguantable. Juegan sesenta partidos por temporada y en los sesenta salen con igual agresividad y disputan cada minuto de juego con igual intensidad, un caso fenomenal.

Aventurar quién puede ser el campeón estando de por medio estos dos colosos es como querer adivinar el número ganador de la lotería de Navidad. Y decir que el Liverpool es favorito porque tiene mejor funcionamiento es desconocer la leyenda madridista. Nunca se es favorito por encima del Real Madrid.

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De postre hay Luis Díaz... Hace tiempo un futbolista sudamericano no tiene un desembarco tan luminoso como el suyo en Europa. Brilló desde el mismo día en que pisó Liverpool. Primero con su sonrisa diáfana, luego con su juego, el tipo de jugador por el que uno hace fuerza para que le gane al defensa, para que su remate entre al arco, para que le vaya bien. Su irrupción en el segundo tiempo ante el Villarreal fue estelar. El quiebre y pase de bola que le hace a Foyth al minuto 45 y su posterior remate a centímetros del palo es memorable, calidad pura. Segundo después vino su gol de cabeza con la ayuda inestimable del arquero Rulli (demasiado inestimable en los tres goles). En un mes en Inglaterra demostró que está casi a nivel de Salah y Mané, pasó por encima de los demás delanteros y es claramente más que Diogo Jota (buen jugador).

Es un distinto. Más allá de su gambeta frontal, su habilidad, lo que encanta de Luis es su sencillez. Es un jugador querible. Y con cero publicidad, cero prensa y cero redes sociales. Es todo mérito genuino. No es una producción de un representante y de un equipo de ejecutivos de imagen, se trata de un crack auténtico. Maravilla por lo que ofrece en el césped. Una pena enorme que deba ver el Mundial por televisión. Aunque el planeta fútbol mira la Premier y la Champions, Catar 2022 era otra vidriera perfecta para su consagración universal. Ojalá pueda suplirlo con la final de París este 28 de mayo. (O)