Ricardo Vasconcellos R.: Recuerdos de grandes romperredes

6 de Enero, 2019 - 00h01
6 Ene 2019
6 de Enero, 2019 - 00h01
6 Ene 2019 - 00:01

El inicio del año es época propicia para que los viejos seguidores del fútbol hagamos un ejercicio de nostalgia, especialmente en estos tiempos de tanta farsa en las contrataciones extranjeras y algunas nacionales, aumentadas hoy para alborozo de los empresarios de jugadores que, maletín y videos en mano, van a vender a nuestros equipos unos paquetes más envueltos en vistoso celofán y el correspondiente pompón, con el cartel de “émulo de Di Stéfano”, “la envidia de Maradona”, “la pesadilla de Messi”.

Después, en la cancha, sucederá como aquel ‘goleador’ brasileño que trajo Barcelona hace muchos años, que en el primer entrenamiento se dirigió al profesor Otto Vieira y le preguntó con inocencia: “¿Para qué lado pateo, maestro?”.

Me aterra que estos paquetes esquilmen las cuentas de nuestros equipos. En la mayoría de ellos se contrata bajo palabra del empresario que dice al oído al dirigente: “Aprovecha, que tengo ofertas de España, Italia y China, pero mi representado desde chiquito fue fanático de tu club y soñó con vestir esta camiseta”. El seudocrack, nacido en un pueblito de algún país donde todavía no llega el Internet, ya sabe que en Ecuador hay un club grande en el que puede asegurar su futuro y el de su familia por al menos tres generaciones debido a los sueldos europeos que paga. Un amigo me contaba de una de estas entidades en la que los dirigentes contratan por tatuajes. Mientras más cuerpo cubran y más coloridos sean, el sueldo es mayor, aunque el jugador no sepa ni hacer cascaritas.

Pero de eso va a responder cada club y la LigaPro, que sueña en la Isla de la Fantasía con equipos reforzados y otros con planteles integrados con lo que otros desechan. Vamos a ver cómo responde el público ante estos desniveles tan clamorosos. El haber rescatado el campeonato de las fauces de la FEF ya es un buen paso, pero queda mucho por hacer y mostrar.

Hubo un tiempo en que los refuerzos extranjeros no llegaban en las maletas de los empresarios. José Amalfitani, presidente de Vélez Sarsfield, era una especie de agente honorífico de Emelec. Cuando Enrique Baquerizo Valenzuela, presidente eléctrico y su amigo, le pidió en 1949 un defensa, un volante y dos delanteros, Amalfitani le envió a César Che Pérez, Manuel Clemente Bravo, Atilio Tettamanti y Juan Avelino Pizauri. Los dos últimos quedaron en la historia de Emelec. Después le recomendó a Eladio Leiss, que estaba en Colombia, al uruguayo Luis Alberto Pérez Luz, a Óscar Luis Massarotto y a Héctor Pedemonte. No me alcanza el espacio para describir la carrera de estos jugadores, pero apelo a la memoria de los viejos seguidores del Bombillo. Ellos saben la clase que ellos pasearon por el viejo estadio Capwell.

Un maestro inolvidable, Gregorio Esperón, accedió en 1951 al pedido de un grupo de jóvenes empresarios guayaquileños, que había fundado el equipo Río Guayas, para que les consiga jugadores. Don Goyo, quien había sido seleccionado de Argentina a los Sudamericanos de 1941 y 1942 y futbolista con experiencia europea, con la honorabilidad que reinaba entonces, envió once jugadores entre argentinos y uruguayos, todos con excelente cartel.

Entre los que arribaron a Guayaquil estaba Juan Deleva, quien había sido centrodelantero de Independiente de Avellaneda y que en 1947 había aparecido en la portada de El Gráfico, la consagrada revista, cuya tapa casi inmortalizaba a los deportistas que tenían la suerte de figurar en ella. Cuatro años antes de llegar a nuestra ciudad Deleva había formado una delantera que todos los historiadores de Independiente reconocen como una de las mejores. Los que conocen del viejo fútbol argentino quedarán deslumbrados: Camilo Cervino, Vicente de la Mata, Juan Deleva, Mario Fernández y Reinaldo Mourin. (A revisar la historia, sabios de diez partidos que quieren hacer de directores técnicos desde un micrófono).

Deleva integró una de las delanteras más famosas de la historia de los torneos de la Asociación de Fútbol del Guayas y de toda la historia del balompié nacional: Basilio Padrón (triunfador luego en España), Óscar Smori, Juan Deleva, Juan de Lucca y Alcides Aguilera. ¿Cómo no recordarlos con nostalgia? Deleva fue el goleador del primer campeonato profesional en 1951 y su marca retrata su gran clase: 17 goles en 14 partidos.

La calidad de Deleva lo puso en lucha con el histórico Sigifredo Chuchuca, que comandaba la artillería famosa del Quinteto de Oro de Barcelona: José Jiménez (luego Jorge Mocho Rodríguez), Enrique Pajarito Cantos, Chuchuca, José Pelusa Vargas y Guido Andrade. Ese mismo año hizo su aparición el que luego sería el máximo artillero de Barcelona: Simón Cañarte.

En el certamen de 1954 apareció en la segunda vuelta Carlos Alberto Raffo, símbolo de Emelec en toda su trayectoria. Jugó solo la mitad del torneo y fue segundo goleador a un tanto de distancia de Simón Cañarte. Delgado, aparentemente frágil, pero valiente y decidido, tenía aquello que se ha llamado “olfato de gol”. Las pescaba todas y las metía en la red contraria de todas las formas: de cabeza, de palomita, de chilena, de taquito. Fue goleador de los torneos de la Asociación de Fútbol en 1956 (11 goles) y 1957 (14). En 1959 hizo más goles que partidos jugados: 19 en 15 cotejos. Repitió en 1961 con 14 dianas. Integró la más famosa delantera de Emelec a través de los años: la de Los Cinco Reyes Magos con José Vicente Balseca, Jorge Bolaños, Raffo, Enrique Raymondi y Roberto Pibe Ortega.

Entre los que arribaron a Guayaquil estaba Juan Deleva, quien había sido centrodelantero de Independiente de Avellaneda y que en 1947 había aparecido en la portada de El Gráfico

Con pasado en Newell’s Old Boys y Belgrano de Córdoba, llegó en 1970 a Guayaquil Ángel Luis Liciardi. No tuvo un paso destacado por Emelec y en 1972 se fue al Deportivo Cuenca. De puntero zurdo pasó al centro del ataque y fue una revelación: hizo 24 goles en esa temporada. En 1974 marcó 19 y su explosión ocurrió en 1975 con 36 tantos y un año más tarde anotó 35. Nada menos que 114 goles en cuatro torneos; 90 en tres campeonatos consecutivos; 160 dianas en su carrera: 14 con Emelec, 132 con el Cuenca y 14 con Barcelona (más otros 9 con los azuayos en Copa Libertadores). Si los tatuados de hoy valen seis cifras y no pueden parar ni una pelota, ¿cuánto habría que pagar por el Tano Liciardi y su catarata de goles?

Y el último que dejó la huella de sus goles para convertirse en un emblema fue Joao Evangelista Santiago Dino Pires, o Paulo César. En 1981 lo trajeron para Barcelona, pero el cupo de extranjeros estaba lleno. Se fue a Liga de Quito y se convirtió en el goleador del torneo nacional con 25 anotaciones. De escaso físico, era muy rápido, se ubicaba bien en el área; era astuto y oportuno. Eso que Ricardo Bocha Armendáriz llama “un definidor”. Volvió a Barcelona y en tres temporadas, 1982, 1983 (fue el máximo artillero con 28 tantos) y 1984 marcó 61 goles. ¿Cuántos han marcado, todos hechos montón, los superpagados centrodelanteros de Barcelona en los últimos cinco años?

Los tiempos cambiaron. Ya no vienen jugadores comprometidos con la divisa que les paga. A Juan José Pizzutti, técnico del Racing campeón del mundo de 1967, le preguntaron ¿por qué no quedó nada de aquel equipo? Y respondió: “Porque es ley del fútbol. Cuando los jugadores venían a entrenar en colectivo, les podía pedir cualquier sacrificio. Cuando empezaron a llegar en sus autos lujosos, ya no eran los mismos. Quedó una bandera. Algún día se van a juntar tres o cuatro jugadores y si son humildes Racing renacerá”.

Y el viejo fútbol porteño ¿también renacerá? (O)

Ricardo Vasconcellos R.: Recuerdos de grandes romperredes
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2019-01-06T11:16:19-05:00
Un maestro inolvidable, Gregorio Esperón, accedió en 1951 al pedido de un grupo de jóvenes empresarios de Guayaquil, que había fundado el equipo Río Guayas.
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