Faltan 20 minutos para las cinco de la tarde del miércoles 8 de febrero. En uno de los patios del Palacio de Carondelet decenas de militares de la Escolta se forman en los pasillos; mientras frente a un podio, el presidente Rafael Correa alista un discurso. Todo es silencio, hasta que él se acerca al micrófono.

Advierte de los peligros de un año que prevé con una intensa agenda, sobre todo electoral, y en el que ya aparecen versiones de supuestos intentos de desestabilización. “Sabemos que nos enfrentamos a peligros, sabemos que hay gente capaz de todo. Tuvimos información muy concreta de Inteligencia sobre planes de desestabilización; uno más. Y seguirán viniendo esas cosas. Les anticipo esto para agradecerles su lealtad“, les dice.

Frente a un tema de interés público (la gestión gubernamental en palabras del presidente) y por estar en un área que, por lo general, está abierta a la prensa, intento acercarme al parlante para grabar sus declaraciones, una práctica común en todo reportero asignado a Carondelet.

En una esquina, la que da paso a la cochera, encuentro un lugar donde se escucha mejor. Pero a los pocos minutos, un oficial –agitado por el apuro– llega y me increpa: ¿Quién es usted?, ¿qué hace aquí?, ¿quién la dejó entrar? Le respondo que estoy escuchando al presidente. ¡Salga, salga! ¡No tiene autorización ni para estar, ni para ingresar al palacio! ¿Por dónde entró? Le dije lo obvio, pero que, al parecer, el militar ignoraba: por la entrada.

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La prevención es el único ingreso para los periodistas y particulares al palacio. Le comento al oficial que tengo acreditación de prensa, pero él insiste en que debo salir “por orden del presidente”.

Me saca por la cochera, a un costado de la Presidencia, y me “acompaña” hasta la prevención. E insiste: ¿Por dónde entró? ¿Con quién se anunció?, ¿En esta ventanilla o en la de acá?

En esa, le señalo. Allí, dos militares registran todos los días quien ingresa o sale del palacio y entregan los carnés de los periodistas, verificados por la Secretaría de Comunicación (Secom); entre los que estaba el mío. El oficial, de quien no logro obtener el nombre, se acerca molesto a los soldados.

¿Qué pasa mi sub?, le dicen. Y él contesta: Quiero saber quién dejó entrar a la señorita, que estaba en los pasillos sin autorización. Uno le comenta: la señorita es de prensa, está aquí desde la mañana.

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No, no hay autorización para entrar, replicó “mi sub”. Me ordena que me quede ahí. Ya regreso, me dice.

¿Cuál es el problema conmigo? Uno de los soldados me responde: Dicen que usted tiene un problema con el presidente; ¿tiene grabaciones?, ¿grabó?, ¿ha estado interceptando el diálogo con el presidente? Eso no estaba permitido.

Intento pensar en que cometí algún error, pero no, solo estaba haciendo mi trabajo: haciendo reportería de un acto de interés público y en un área abierta a la prensa. Hace un año, por orden de la Secom, ya me habían sacado de la Presidencia por una nota periodística. El soldado está nervioso. Busca mi carné de prensa y me dice “tome, váyase rápido”.