domingo 28 de septiembre del 2008 Columnistas

Revolución sin ciudadanos


Por si acaso, alguien les ordenó a los obreros, en la mañana, que no coloquen la tarima a un costado de la cancha, como estaba previsto, sino casi en la mitad, de tal manera que con llenar medio estadio sería suficiente. El Spencer tiene capacidad para 50.000 espectadores.

Los primeros buses provenientes de las barriadas y cantones aledaños a Guayaquil comenzaron a llegar al mediodía. Muchos venían con poca gente. El acto fue convocado para las cinco de la tarde, pero a esa hora todavía sobraban sillas para los invitados, y en los graderíos se podían observar grandes  espacios vacíos.

Cuando comenzó la música, los que más aplausos arrancaron fueron Aladino y Rubén  el Rey.  De vez en cuando alguien le pasaba un trago clandestino a su vecino, pero con moderación. Ese jueves, cierre de campaña, se convirtió en una fiesta familiar, un show con música y artistas, un San Viernes anticipado.

Entre tanto, la caravana oficial se acercaba. Cuando pasaron delante de la central  de Álvaro Noboa, en la calle Esmeraldas, el Presidente asegura que escuchó una grosería, así que ordenó detener la comitiva. De un salto bajó y pidió a sus guardaespaldas y policías que capturen al atrevido. Hubo forcejeos, patadas e insultos, pero fue inútil, el majadero nunca apareció.

Para entonces, Correa parecía haber olvidado  que lo esperaban. Todavía tuvo humor para ir a cambiarse de ropa y concurrir a una entrevista en televisión.
 Eran casi las ocho de la noche cuando por fin  ingresó al estadio. Los grupos musicales hacían lo suyo para distraer a los asistentes, ya bastante aburridos. El medio estadio seguía sin llenarse.

Correa subió a la tribuna y tomó el micrófono, pero cuando comenzó a hablar, ocurrió lo inesperado: un grupo de personas se encaminó a las salidas y muchísimos siguieron su ejemplo. El Jefe no quiso darse por enterado y siguió leyendo su discurso, pero la afluencia de personas que buscaban una salida era ya  demasiado visible. Ricardo Patiño dejó de sonreír y Leonardo Vicuña se transformó en  convidado de piedra de un velatorio. Algo de entusiasmo hubo cuando le tocó el turno a Piero. El Presidente hizo flamear una bandera, mostró su sonrisa y cantó.

Lo que les he descrito me lo contaron otras personas, testigos confiables para mí; pero si no les creen, allí están las fotos y los videos para confirmarlo.

No sé quién ganará hoy en el referéndum. Quizás sea cierto que el proyecto totalitario se impondrá por goleada. O quizás no. De lo que sí estoy seguro es que los goles correístas ya no reflejan el entusiasmo y la pasión del pueblo. Se han convertido en tigres de papel que solo se alimentan con la desesperación y la frustración por el pasado. No surgen ni se fortalecen con la esperanza por el cambio que debería venir. La revolución ciudadana se ha quedado sin ciudadanos de carne y huesos. Sus seguidores, maltratados por el propio Presidente, se han convertido en espectadores pasivos, a los que se pretende manipular con música, regalos y cuñas publicitarias multimillonarias.

Hoy en la tarde sabremos si toda esta receta demagógica todavía alcanza para atropellar la democracia.
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