Domingo 29 de octubre del 2006 Libros

Eduardo Villacís y la escritura necesaria

Javier Ponce, para EL UNIVERSO

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Ajuar de cal se titula el poemario que ha publicado este autor.  Villacís pertenece a la generación de Francisco Tobar, Filoteo Samaniego, Fernando Cazón Vera y Alfonso Barrera.

Eduardo Villacís Meythaler ha publicado con el sello editorial Archipiélago un volumen con medio siglo de poesía, bajo un hermoso título: Ajuar de cal, y con ilustraciones  de Eduardo Villacís Pástor. Una poesía que va de la expresión sensible de lo cotidiano a la empresa de reconstituir la historia a través de la metáfora y la alegoría. La descripción a momentos, la reflexión filosófica en otros, la leyenda histórica al fin.

En efecto, la noticia, un instante, el paisaje en cualquier día brotan en el verso: “Vengo a mi cuarto, escucho/ todo el silencio en orden./ Yo vivo aquí. He sufrido./ La tarde es una lámpara/ Quebrada sobre el monte”.

Mientras tanto, Villacís nos ofrece en su serie de poemas Documental para un conspirador el ángulo de su reflexión histórica en torno a la figura de Eugenio Espejo, “adobado en adobe”.

Villacís es una figura particular dentro de la poesía ecuatoriana.
Pertenece a la generación de Francisco Tobar, Filoteo Samaniego, Fernando Cazón Vera, Alfonso Barrera Valverde, David Ledesma, Francisco Granizo. Pero en Villacís, el ejercicio de la poesía ha sido en gran medida silencioso. Ha publicado apenas tres libros, el primero de ellos, Latitud unánime, junto a Barrera Valverde (1953).

Luego vendría Dieta sin sol,  publicado casi  treinta años más tarde (1981) y, finalmente, Documental sobre un conspirador, en 1994.

Médico de profesión, miembro de media docena de instituciones de cardiología, se ha mantenido por fuera de los ambientes literarios. Y desde allí, desde el silencio, ha construido una poética sencilla, íntima, caracterizada por la pureza de la escritura, en la que se combinan las descripciones directas (“La ciudad es así:/ con edificios apolillados de luces,/ sucia de postes,/ como un embarcadero hacia la noche”), el verso hermético, encerrado en el símbolo o la  alegoría cifrada (“Y me vuelvo a mirar/ las primeras ovejas en las ruinas,/ los que reciben las insignias humildes de la espiga,/ las paredes caídas sobre el hombre/ definitivamente hallado por las palas”), la palabra que convoca a la palabra, que llama a otras voces, a otras presencias, a momentos con un tono épico: “Tu voz bajaba desde las colinas/ montada a pelo sobre los vocablos,/  el rostro al viento que pulió las lajas,/ el pecho al río que revolcó canteras./  Cuando veo tu lápida/  Recuerdo tu costumbre/  De escampar tras las piedras”.

En el conjunto sobresale el Documental para un conspirador. Allí, Villacís organiza el poemario en seis poemas; comienza con la descripción del personaje desde su ambigua condición étnica, luego su condición de médico y de organizador de un pensamiento precursor de la nación, la descripción de Espejo como oficiante de hospital (“En la penumbra de las crujías,/ el ronquido de los agonizantes/ como un coro que te reta/ y hace befa de tu empeño, /de tu condición de administrador/ de este batán de telas rotas”), y de Espejo en una cárcel.

 El quinto y el sexto poema alcanzarán finalmente un tono de proclama, en el marco de un tratamiento de los símbolos que caracteriza a todo el conjunto: “¡Haznos sudar con hierba amarga,/ despiértanos del pasmo,/  del cogido de monte,/ danos un sitio/ en el paredón con nichos/  donde sueñan los muertos/  a los que aún pasas visita/  cuando baja la niebla!”.

“Prestadle una guitarra/ para el albazo seco/ de los centinelas, la colaboración/  del aire para el vagabundeo/ de su capa y de una almohada/ los declives frescos/ para el desmoronamiento de su frente/ en almidón y sueños”.

Ninguno de los poemas incluidos en Ajuar de cal tiene fecha, como correspondería a un libro que reúne creaciones de tan distintos tiempos. Tal vez el autor lo quiso así, para subrayar, más allá de los instantes de creación, la existencia permanente de puertas abiertas a la motivación poética. Una apertura de todos los días a las imágenes que se evocan a sí mismas en cualquier momento, aunque esos momentos no desemboquen en la escritura.

Un modo de estar frente a los hechos y a la memoria que en cualquier instante adquieren forma.

¿Cuál fue su hábito, su costumbre? Almacenar, tal vez, las huellas que nos van dejando los días, sin la premura de plasmarlas, de dejarlas por escrito, permitiendo que se sumen, se acumulen, hasta cuajar en unas pocas imágenes trabajadas cuidadosamente.

Tal vez, en Ajuar de cal, Villacís colocó solo los poemas que debían estar allí. 


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