viernes 11 de noviembre del 2005 Columnistas

El paseo del presidente Bush

Cuando Bush se postuló para presidente la primera vez hizo alarde de su comprensión de América Latina, su habilidad para hablar en español y su amistad con México.

Después de la desastrosa visita del presidente George W. Bush a Latinoamérica, es inquietante percatarse de que a su presidencia aún le faltan tres años.

Ya es bastante difícil vivir con una administración sin ninguna agenda y ninguna competencia en el frente nacional. Pero el resto del mundo sencillamente no puede darse el lujo de tener un gobierno estadounidense así de malo por tanto tiempo.

En Argentina, Bush, que se enorgullece de su capacidad para relacionarse con jefes de Estado del mundo frente a frente, apenas pudo reunir energías para conversar con otros 33 líderes ahí presentes, casi todos considerados amigos de Estados Unidos en circunstancias normales.

Pero él y su delegación no lograron un resultado mínimamente decoroso en las negociaciones de comercio y permitieron que un vociferante oportunista como el Presidente de Venezuela se robase el espectáculo.

Es asombroso recordar que cuando Bush se postuló para presidente la primera vez hizo alarde de su comprensión de América Latina, su habilidad para hablar en español y su amistad con México. Sin embargo, también se burló de Al Gore por considerar que la formación de naciones es una tarea de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos.

La Casa Blanca pasa por un momento de agitación a causa del futuro de Karl Rove, el asesor político del Presidente, y lanza giros políticos por causa de rumores de que a algunos prominentes miembros del Gabinete pudieran solicitarles que avancen hacia el abismo.

Bush ciertamente podría darse el lujo de reemplazar a algunos de sus principales asesores. Sin embargo, el problema central no es Karl Rove o el secretario del Tesoro, John Show, ni Donald Rumsfeld, el secretario de la Defensa. Es el mismo Bush.

Quizás los segundos mandatos sean difíciles, pero el jefe del Ejecutivo aún podría dar forma a los acontecimientos. Ronald Reagan se las ingenió para hacer un giro de 180 grados a su segundo y desordenado mandato y logró –en buena medida gracias a su propio poder de liderazgo– una serie histórica de acuerdos con Mijail Gorbachov que dieron paso a la desarticulación pacífica del imperio soviético.

Bush nunca ha demostrado la capacidad para una reorientación así. Pero, cada ciudadano estadounidense tiene motivos para albergar la esperanza de que nos dé una sorpresa.

El mejor lugar para empezar sería con el vicepresidente Dick Cheney, la fuerza que se oculta detrás de muchas de las estrategias más desastrosas de la presente administración, como la invasión a Iraq y la empecinada resistencia hacia la conservación de energía.

Justo en estos momentos el Vicepresidente estadounidense dedica sus mejores esfuerzos a derrotar un proyecto de ley en el Congreso que prohibiría la tortura de prisioneros. Es una prioridad verdaderamente notable para Cheney: su ex jefe de personal ha sido acusado formalmente, está entre la espada y la pared, y aun así le declara la guerra a la Convención de Ginebra.

Bush no puede despedir a Cheney, pero sí podría hacer lo que otros mandatarios estadounidenses han hecho con sus vicepresidentes: mantenerlos ocupados enviándolos a ceremonias y poniéndolos a cargo de estudios para que no hagan más daño.

Aun entonces Bush tendría todavía que dar un giro radical a su gobierno, pero al menos enviaría una señal a la nación y el mundo de que se ha puesto al mando, y los siguientes tres años pudieran no ser tan temibles como ahora amenazan ser.

The New York Times News Service

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