Para 1994 los neoyorquinos sentían el embate de la delincuencia frente a la falta de estrategias policiales y según algunas encuestas, además del problema delictivo, se reveló su preocupación por el deterioro en su calidad de vida, lo cual se evidenciaba en el aumento de graffitis y la mendicidad callejera fomentada por personas limpiavidrios y artistas.

Alentado por esto el alcalde de esa época, Rudolf Giulliani, emprendió una campaña para hacer prevalecer en la ley castigos contra hechos que clasificó como “agresiones a la calidad de vida”.

Así se empezó a amonestar a quienes orinaban en la calle, pintaban paredes y hacían escándalo, lo que motivó el reclamo de organismos de Derechos Humanos, que revelaron excesos de policías bajo la excusa de mantener el orden público.

A pesar de esto, en el primer trimestre de 1994 las detenciones de borrachos callejeros y limpiacristales aumentó en un 38% y las denuncias en un 40%, respecto a 1993. Para el segundo trimestre de 1994, quienes pedían dinero por limpiar vidrios de carros desaparecieron de las calles.

Esta estrategia se basó en la teoría de los “cristales rotos”, que señala que si una ventana rota no se arregla, las otras terminarán por romperse con el tiempo. Esto traducido en índices delictivos afirma que si alguien cometió un delito puede verse inclinado a cometer otros.