domingo 26 de junio del 2005 Columnistas

El pésame

Condolencia incluye participación en el dolor ajeno. Pienso ahora en Condoleeza Rice por contagio periodístico: me acongojo más. Nunca me siento tan incómodo como a la hora de condolerme en un velorio. Las fórmulas resultan insípidas: “Lo siento tanto”, “Estoy contigo”, “No somos nada”, “Dios lo tiene en su gloria”, “Sentido pésame”, fórmula última que me lleva de inmediato a pensamientos culpables: “Pésame, pésame muuuuuucho, como si fuera esta noche la última vez”. Los familiares del difunto reciben centenares de abrazos, palmaditas en la espalda, miradas inexpresivas o dramáticas, llantos reprimidos. La gente, a veces, se perturba tanto que dice cualquier cosa. Oí a una mujer trastornada decir llorando:
“Sinceras felicitaciones”. A un abogado amigo mío, parado al pie del ataúd de su padre, pregunté mecánicamente: “¿Y cómo está el muerto?”. La contestación, recordada después, me indicó que tampoco había oído el deudo la barbaridad que había soltado por descontrol emocional: “Ahí lo tienes”.

Nunca me hago presente para ofrecer condolencias si no tengo con los familiares nexos profundos de afecto. No digo nada. Me pierdo en los ojos de personas que parecen extraviadas en medio de su dolor, lastimadas hasta el fondo de su ser. Aquellas miradas me sacuden el corazón; reprimo la frustración que experimento al sentir que no puedo hacer más que estar allí. A veces, tomo el rostro de un amigo en mis manos como si fuera posible transmitir con infinito cariño la pena que se comparte de verdad. Nunca me acerco al féretro; prefiero guardar la imagen del ser vivo, sonreído. Mi madre estuvo en Guayaquil en 1974.
Cuando volvió a Francia, se despidió desde la escalinata del avión. No la volví a ver, no puedo recordarla muerta. El adiós se adelantó con aquel gesto de ternura. Me escribió que había llorado durante todo el viaje de retorno. Las madres intuyen cuando una despedida es definitiva.

Mirar a los ojos es la máxima posibilidad de contacto. El amor lo sabe, pues existen expresiones del alma más intensas que el diluvio de palabras. No somos solamente piel. Las manos pueden cerrarse, hacer puño, calmar, apaciguar, maltratar, acariciar, dibujar con fervor el rostro del ser querido. Somos lo que miramos, lo que tocamos, la forma como lo hacemos.

Las condolencias, siendo fórmulas, son inexpresivas. Esencial es transmitir al amigo, al pariente:  “estoy, comparto, entiendo, te quiero hasta que la muerte nos separe”. El drama de la partida es la ausencia. Junto al ataúd estamos anonadados: el verdadero sufrimiento vendrá después, frente a la silla vacía, al lecho desierto. Nada expresa tanto el dolor del fallecimiento como aquel sillón con la vela apagada pintado por Van Gogh, el anciano llorando escondiendo el rostro. Vicente fumó una última pipa antes de fallecer. Dijo: “La tristeza durará siempre”.
Pues la esperanza también. Los cuervos vuelan, el trigo sigue creciendo. A nuestros seres allegados deberíamos decirles: “Nos amamos porque sabemos que moriremos. Nos tenemos el uno al otro sin conocer el plazo otorgado por el destino”, o recordar a Paul Eluard: “Aun cuando estamos dormidos, nos cuidamos el uno al otro”. Ciertos muertos nos siguen amando.

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