sábado 07 de mayo del 2005 Columnistas

Manuela Espejo

Mencionar el apellido Espejo compromete de inmediato un solo nombre: Eugenio o Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo, para ser más precisos. Sin embargo, hay otro personaje detrás de él que merece una mirada de admiración y que debe salir a la luz como vital referente de valores femeninos. Se trata de Manuela, hermana menor del intelectual y patriota quiteño.

Que una mujer pueda ser considerada también como una representante de la etapa de la Ilustración en nuestro país, ya es carta de presentación de las cualidades que la adornaron. Años de ramalazos de luz en medio de las oscuridades de la Colonia. Edad de recuperación, cuando las ideas irán a catapultar procesos de quiebra y transformación. Todo el proceso de independencia ecuatoriana podría seguirse en la vida de esta mujer excepcional, si tuviéramos información suficiente porque vivió entre 1757 y talvez 1829, por tanto, vio morir la Colonia y nacer la República.

El investigador Carlos Paladines nos ayuda a redescubrir y valorar a esta casi desconocida intelectual ecuatoriana, con su trabajo Erophilia: conjeturas sobre Manuela Espejo, en el cual agrupa lo que se conoce sobre ella en datos extraídos del periódico Primicias de la Cultura de Quito, donde colaboró, y de algunas obras de Eugenio Espejo. El tema que a ella le preocupa –el desarrollo de la mujer– tiene reducido puesto entre los afanes de su importante hermano. Por eso, le escribe una carta, firmada con el seudónimo Erophilia, haciendo una crítica al número dos.

Impresiona imaginarla –por eso, comedidamente, el trabajo de Paladines entrega “conjeturas”– dedicada a la lectura, al estudio de variados temas, dispuesta a defender un puesto activo a la mujer en tiempos tan cerrados y ortodoxos para el género femenino. Flanqueada por dos hombres conocidos: su hermano Eugenio y su marido, José Mejía Lequerica –el científico–, fue consejera de ambos y los apoyó en sus respectivas labores.

Estuvo orgullosa de Quito, del hacer silencioso de sus artesanos, artistas, constructores, así como de la obra de personajes como Miguel de Santiago y Caspicara. Una clara conciencia de lo propio, del creciente puesto del mestizo en la estratificada sociedad colonial, revela una mente independizada de lo español como canon de valor. Su culto al conocimiento, al arte, justifica el seudónimo que, al parecer, su mismo hermano Eugenio, utilizaba para llamarla. Erophilia significa amante del amor y la sabiduría.

¿Por qué no figura su nombre en los libros de historia, por qué no es un referente habitual para la mujer ecuatoriana? ¿Será porque, como dice Paladines, “ella, la primera periodista de la Audiencia de Quito, la primera mujer que se atrevió a escribir en público, la primera que enfrentó a su medio con la palabra... fue a su vez de las primeras víctimas del silencio y de la prensa”?

Compensa un poco que el Municipio de Quito haya creado un premio que entrega cada 8 de marzo a una mujer de destacada labor cívica, cultural o educativa. Y que este año se lo haya otorgado a la periodista e investigadora guayaquileña radicada en la capital, Alexandra Ayala, revive con justicia su memoria.

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