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Domingo 07 de noviembre del 2004 Destino

Un paraíso llamado Bonaire

Fotos: Ministerio de Turismo de Bonaire | Texto: Carmen Cortés

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El buceo es una de las actividades turísticas de la isla.

Decir que Bonaire es un paraíso. Su arena blanca y el color verde de sus aguas, que luego adquieren tonalidades entre turquesa y azul marino, son el fiel testimonio de que la isla, anclada en el océano Atlántico, es un territorio propicio para el relax.

Y también para los deportes acuáticos. El buceo, snorkeling y kayak se practican con tanta cotidianidad, que parece que la isla fue hecha para ello. Y para nadar, andar en bicicleta, practicar velerismo, vela o windsurf, o simplemente descansar a merced del sol.

La isla se encuentra al norte de Venezuela (a unos 80 km de la costa) y al este de Aruba y Curasao. Es la B en el ABC de las islas caribeñas (Aruba, Bonaire y Curasao) y es parte de las Antillas holandesas.

Justamente son los holandeses quienes visitan con frecuencia el islote, seguidos por los norteamericanos, alemanes, belgas e ingleses. También hay latinos. Venezolanos, puertorriqueños, dominicanos, peruanos. Unos llegan para descansar y otros para residir y trabajar.

En los mapas, la ínsula parece solo un punto. Mas al recorrerla su riqueza natural se magnifica. Hay sitios prácticamente vírgenes e inexplorados. No porque los lugareños no hayan ido de norte a sur, de este a oeste, sino porque aun sin ser un Patrimonio de la Humanidad (como las Islas Galápagos) el cuidado ecológico es una norma de vida.

Así de claro lo dejó Annet Kops, una activista ecológica y representante marina que llevó a excursionistas ecuatorianos a practicar kayak y snorkeling al lago Cai, que está rodeado de manglares y es una de las áreas representativas de Bonaire. “No remen con fuerza para no asustar a los peces; no toquen los arrecifes, tampoco las plantas”, insistía Kops con su incipiente español, pues hablaba solo inglés.

Por si las palabras no son suficientes, el atolón protege su mundo subacuático con una declaratoria de Parque Nacional otorgada al agua que se encuentra a su alrededor –hasta una distancia de 57 metros–. Al parecer, los peces conocen de esa determinación pues hay más de 350 especies diferentes.

Es como pararse frente a un inmenso acuario, donde, además de peces tropicales en tonos naranjas, amarillos, azules, rojos, plomos o multicolores, hay arrecifes y caracoles de todos los tamaños, colores y formas.

Para admirarlos muchos recurren al buceo o al snorkeling, sin embargo, basta con colocarse en un lugar alto y cercano al mar. Desde ese punto, gracias a la transparencia del agua y la blancura de la arena, se logra una visibilidad que varía entre los 25 y 50 metros. No hay necesidad de sumergirse para apreciar la vida marina de este paradisiaco lugar.

Claro que hacerlo (sumergirse) constituye todo un placer porque en varios sitios de la isla hay piscinas naturales, de poco oleaje y temperaturas que bordean los 28 grados.

Al igual que en cualquier ciudad o país del mundo, Bonaire tiene su división. Yendo hacia el norte –que es la parte más montañosa– se encuentran el Parque Nacional de Washington Slagbaai, que ocupa casi una tercera parte de la isla, y Rincón, que es un poblado.

El primero está rodeado por una imponente vegetación, manglares, pequeños lagos y el hábitat de los flamingos, (aves de color rosado y patas alargadas). Hay tantos, que en los folletos que los hoteles de la isla proporcionan se menciona que son más numerosos que sus habitantes.

Rincón es uno de los asentamientos humanos más antiguos de Bonaire, sus calles son angostas y sus casas, una mezcla entre el pasado y el presente. Son de cemento y de construcción mixta. Unas perfectamente pintadas y otras desgastadas. Sus habitantes, atentos y curiosos. 

Más al centro está Kralendijk, considerada la capital de la isla por ser su parte comercial (con locales para comer y comprar desde souvenirs hasta electrodomésticos). En esa zona hay una bahía, así como el aeropuerto Flamingo.
La arquitectura de Kralendijk contrasta con la naturaleza. Sus edificaciones, que no sobrepasan los tres pisos, observan un estilo holandés, con techados triangulares de colores rojo y ocre, y paredes blancas. Sobresalen, además, casas pintadas en amarillo encendido, azul eléctrico, rosado intenso o verde oliva.
Al sur de Bonaire están las minas de sal, que de lejos asemejan grandes nevados. El agua de las piscinas naturales donde se trata el mineral adquiere tonalidades violetas. Los habitantes del atolón dicen que es el terreno más plano del sector.

Cerca de las minas están situadas de manera sucesiva unas diez casas. Sus pequeñísimas dimensiones llaman la tención tanto como su historia. En ellas habitaron los esclavos africanos que entre 1633 y 1863 fueron llevados a la isla. Más que producir sal, Bonaire vive del turismo y los turistas de su paz. La isla permite comprobar que el hombre puede convivir con la naturaleza, sin abusar de ella. Y que la naturaleza es aún mucho más hermosa de lo que observamos e imaginamos.

Hacia Bonaire
A Bonaire se llega por avión. KLM, Caribbean, BonairExel y American Eagle son las aerolíneas que cubren diferentes rutas: Puerto Rico, Aruba, Curasao, Holanda y España, solo por mencionar algunas.

De Ecuador se puede viajar por KLM, que realiza cuatro vuelos diarios, desde Quito y Guayaquil. Yolanda Sevilla, free lance de la compañía aérea, menciona que esta ofrece paquetes turísticos que incluyen pasaje y estadía. Una permanencia de cuatro noches y cinco días, por ejemplo, podría costarle a una pareja alrededor de $ 1.200. Ya en la isla se puede acceder a recorridos turísticos o entrenamiento de deportes acuáticos.

La isla posee numerosos hoteles, que ofrecen planes de estadía para parejas y familias. Hay desde cinco estrellas hasta económicos, con tarifas que van desde los 300 hasta los 40 dólares por noche. La mayoría de estos hostales tienen compañías de guías turísticos y entrenadores de buceo, snorkeling y kayak.

A pesar de ser un sitio eminentemente turístico, Bonaire cuenta con ocho museos: Mangasina di Rei, Bonaire, Verdadero Rincón, Ka Krioyo, Parque de Washington, Kadimo, Archivo y Di Belua. Estos recogen la historia de la isla, de sus primeros habitantes, su cultura, tradiciones y arte contemporáneo.

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