jueves 14 de octubre del 2004 Columnistas

La muerte de Superman

Resultaba patético verlo aparecer sobre el escenario amarrado a su silla de ruedas, para hablar de su dolencia.

Con una voz estrangulada, cavernosa, que se fabricaba en el interior de un tubo plástico, daba cuenta de su mal mientras se insuflaba fuerza a sí mismo y contagiaba optimismo a otros muchos que, como él, yacen inmóviles.

Así, postrado, pero siempre con una mirada viva y anhelante y un rictus parecido a una sonrisa, Christopher Reeve encarnó su más difícil papel: el de un luchador que se negaba a dejarse vencer por la adversidad, en un combate implacable en que demostró una valentía y una tenacidad de superhombre.

Con un rostro fantasmal que no tenía siquiera una lejana reminiscencia del que antes exhibió, y despojado para siempre de su capa, comenzó a volar hacia los remotos confines del poder para exigir que se destinara más dinero a la investigación científica.

Ya no era el Superman que, poseedor de la verdad y dueño de ilimitadas potestades, se daba a la tarea de arreglar el mundo según sus dictámenes: era el hombre atormentado por una dolencia cruel, bastarda, que se elevaba para luchar contra la adversidad con un estoicismo ejemplar y una valentía forjada en el acero.

Era el ser humano que cayó del mito para elevarse como hombre. Como un hombre físicamente disminuido, pero indoblegable. Como un hombre atrapado por la tiranía del dolor, pero libre. Como un hombre que supo pelear altivamente por la causa de todos los dolientes.

Su palabra se escuchaba. Por algo él había sido Superman, la encarnación más palpable del poderío, capaz de reordenar el mundo a su manera, de clasificar a la humanidad entre buenos y malos, de ejercer castigo a todos quienes osaban desafiar las reglas impuestas por el sistema que él representaba. Por algo él había sido, durante tantos años, el juez más feroz de la moral de los demás, inmune ante las trapacerías de la sociedad que defendía.

Ese Superman omnipotente, omnipresente y omnisciente, ahora caído por la kriptonita que le lanzó el destino, tuvo que sumir para siempre su otra personalidad: la humana. Entonces, recién entonces, pudo volar como un Christopher Reeve atenazado a su parálisis, pero valiente en su solidaridad y generoso en sus causas.

Desde su silla de ruedas comenzó a contar su historia, despojada de los imaginativos ribetes de cualquier historieta: la historia de alguien que quedó postrado.

Desde allí comenzó a batallar en favor de los que –como él– fueron capaces de llorar de dolor, impotencia y rabia, y por los que –como él– son capaces de enfrentar al infortunio dignamente, volando en pos de un sueño y bregando con toda la furia para conseguirlo: volver a caminar.

Así alzó su último vuelo, hacia la muerte.

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