Miércoles 14 de abril del 2004 El Gran Guayaquil

Un antiguo local para el alquiler de revistas en el centro de la ciudad

redactora | Cecilia Robalino

El otro Guayaquil

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Joel García Muerza mantiene su puesto de alquiler de revistas porque no quiere dejar que se pierda esa vieja tradición guayaquileña, que antes atraía a cientos de lectores.

Las revistas de aventuras de Kalimán, Memín, y Juan Sin Miedo son solo un viejo recuerdo en la mente de Joel García Muerza, propietario de un puesto de revistas de alquiler, el único que queda en el centro de Guayaquil, y que sobrevive  solo porque su dueño se resiste a cerrarlo, aun cuando no le genere ganancias.

Para él aquellos antiguos personajes fueron los causantes de que diariamente, hace más de diez años, llegaran decenas de lectores a ese local en busca de la continuación de las historietas y estuvieran pendientes de si había llegado el nuevo número de Memín que buscaba a su ‘Ma linda’ por todo Nueva York, o que Kalimán se liberara de la trampa de algún enemigo en un país muy lejano y misterioso.

Ahora a su negocio apenas si llegan cinco o diez lectores cada día. Son contados los que regresan, ya que la mayoría se detiene a leer las revistas cuando pasa por el sitio, o porque les llamó la atención los dibujos o el título de alguna historia, o para  pasar el tiempo mientras espera a alguien.

Su puesto  está ubicado en el portal de una casa de cemento en la calle Colón 1031, entre  Pío Montúfar y Seis de Marzo.
 
Ahí, en dos pedazos de tabla de un metro de ancho y 1,50 m de alto, unidas por dos bisagras,  y divididas por catorce repisas, Joel exhibe diariamente más de cien revistas de vaqueros, historias de amor, eróticas y policiacas, que alquila a 15 centavos cada una.

Semanalmente le llegan de ocho a diez revistas nuevas, pero ya no con personajes famosos que capten la admiración del público y que despierten el interés por seguir sus pasos en cada nuevo episodio, sino historias con principio y fin, que al partir, el lector sabe en qué terminaron.

Joel se lamenta porque no solo desaparecieron esos personajes, sino que en Guayaquil, con el paso del tiempo, se dejó que desaparecieran los puestos de revistas que captaban a muchos lectores, que no miraban lo que ocurría a su alrededor sino que consumían los pormenores de las historias que en ellas se contaban.

“Hoy los jóvenes prefieren estar parados en las esquinas sin hacer nada, matando el tiempo, en lugar de ponerse a leer aunque sea estas historietas, porque lo importante es que lean”, observa Joel, quien además es el primero en leerse las novelas que le llegan de su proveedor, ubicado en las calles Sucre y Pedro Moncayo.

Joel tiene 56 años y es gasfitero cuando no está en su local que diariamente abre desde las 08h00 hasta las 17h00 y controla sentado en un pequeño banco de madera al pie de la entrada a su vivienda.

Se inició en el negocio hace cuatro años después de que su compadre, Luis Cevallos (60), propietario del revistero por más de 30 años, murió y se lo dejó como legado.

Cree que se deberían rescatar los puestos de alquiler de revistas e incentivar esa vieja tradición guayaquileña usando las historietas que ahora ofrece el mercado, que aunque no traen personajes famosos como antes, sí narran circunstancias diversas que estimulan el hábito por la lectura.

“Aquí tengo libros sentimentales que tratan de parejas, de vaqueros y sus aventuras, y policiacas con historias de reos”, comenta.

En el local de Joel, en dos bancos de madera, diariamente se sientan cinco o diez personas a leer, esa concurrencia no le genera más allá de 3 o 4 dólares de ganancia, pero Joel García dice que realmente no mantiene abierto su puesto por el dinero, porque él se gana el sustento con su trabajo de gasfitero, sino porque le daría mucha pena cerrarlo y dejar que desaparezca el último local de alquiler de revistas en el centro de Guayaquil, tal como lo hicieron los que estaban alrededor del parque La Victoria cuando los sacaron los policías metropolitanos,  menciona.

“Aunque los (policías) metropolitanos a mí también me molestan, no lo voy a cerrar. Solo lo haré cuando dejen de circular las revistas”, dice, mientras acomoda unas historias policías al lado de una de vaqueros.

El sector donde está su local  es un poco peligroso, refiere, porque a diario se asalta a los transeúntes, pero en su puesto nadie se atreve a hacerlo, se lo respeta a como dé lugar.

Su esposa Rosa Camposano  le ayuda a atender el negocio y al igual que él se lee todas las revistas que les llegan.

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