sábado 06 de marzo del 2004 Columnistas

Maestros o ídolos

En sus orígenes, la admiración es un sentimiento noble. Nos arranca del natural egoísmo primigenio, nos obliga a mirar hacia fuera y a enfrentarnos al otro diferente. Casi siempre moviliza el invisible resorte de la proyección personal: encontrar en el ser admirado aquello que quisimos ser. Reconocer cualidades concentradas en mayores dosis que en nosotros mismos.

Por eso es edificante contar con una gama de “grandes personajes” en quien reposar la mirada para hacer las –muchas veces inconscientes– ponderaciones. Alentamos en los niños y jóvenes el culto hacia sus correspondientes personajes admirables en el deseo de que adquieran líneas a seguir, conductas y valores que funcionen como referentes.

Recuerdo una columna básica en los buenos tiempos de la revista Selecciones que ponía énfasis en el héroe de bajo perfil, para recalcar que la hazaña no emerge, necesariamente, de lo heroico; que bien se podía ser tal desde la común plataforma de lo cotidiano.

Esta reflexión viene a cuento de pensar en nuestra busca del contacto humano con aquellos seres que han creado una obra para la comunicación con el público. Es decir, que han creado una representación más o menos perdurable de su decir, un intermediario concreto (llámese cuadro, película, libro, pieza musical, etc.) que ponen frente a nuestra conciencia consumidora: brota de ello el gusto, la afinidad, el juicio o el rechazo.

Si esto es así, ¿por qué explorar el conocimiento vivo de sus autores? ¿Qué sentido tiene aglomerarse frente a una librería, abarrotar auditorios, hacer fila detrás de un autógrafo, escarbar en entrevistas los rasgos más íntimos de unas personas que han encontrado la plenitud de su expresión, precisamente, en soledad?

Es que el ser humano nos deslumbra en el vértigo de sus facetas contradictorias. Es que la carnalidad resulta irrenunciable. Con las experiencias cercanas de haber oído y discurrido con Rosa Montero, Fernando Savater y José Saramago, reparo en la fortuna de haberlos tenido próximos. Convencida de que todo signo que rodea a un creador puede iluminar sobre el tornasol de su obra, siempre estaré dispuesta a acercarme a su humanidad. Pero con cuidado. Sin superponer el impresionismo emocional sobre los serenos mensajes de un producto que ha fijado sus sentidos, al menos, a la sincronía de mi mirada.

Algunas veces he reprimido a voluntad alguna benevolencia de crítica a una pieza literaria por simpatía hacia su autor. O lo contrario, he contenido la exigencia por haber identificado rasgos, a mi parecer negativos, en un escritor.

No olvido que la juventud no busca maestros, sino ídolos. Seres absolutamente próximos en comportamiento, vestuario, lenguaje, valores. Y los toma como modelos a base de cuán desestabilizadores sean del orden en que sus mayores los educan. Fenómeno de todos los tiempos es encarnar en unos signos vivos la decepción del presente. Identificarse con aquellos que sí pueden parecer libres y rebeldes, que encarnan la vanguardia de una época. No creo que vale cerrarse a la emisión de formas y valores diferentes que fluye de lo nuevo. Pero sí hay que tener claro que no es lo mismo tener maestros que tener ídolos. Que lo perdurable emerge de los maestros, valiosos de conocer hasta en sus miserias humanas.

 

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