sábado 10 de enero del 2004 Columnistas

Periodistas

Un reciente informe de Periodistas sin Frontera da a conocer que en el año 2003 murieron 78 periodistas por razones relacionadas con su trabajo, treinta y seis cayeron cumpliendo su deber, mientras realizaban la cobertura de diversos hechos de violencia: guerra, terrorismo, delincuencia. Cuarenta y dos fueron asesinados, fundamentalmente en Asia y Medio Oriente. Siete en América Latina.

Se denunciaron también trescientos sesenta y cuatro casos de agresiones y amenazas, ochenta y cuatro detenciones y veinticinco casos de censura.

Difícil y peligrosa es la profesión del periodista, tanto como incomprendida.

Muchas son las críticas que recibe su trabajo, algunos piensan que lo hacen con ligereza, otros quisieran que digan lo que a ellos les gustaría oír, no faltan los que se sienten perjudicados o los que se consideran ignorados. En fin, las críticas son muchas y el desconocimiento de las condiciones en que hacen su trabajo y de los principios y valores en que lo sustentan, también.

Todos los medios de comunicación serios tienen su Manual y exigen a sus periodistas que lo cumplan y, todos esos manuales buscan que se trabaje con el mayor respeto posible hacia el receptor. Se les pide verificar la información en más de una fuente, buscar siempre todos los ángulos de la noticia, contextualizarla, no obtener información engañando a quien la proporciona, ser muy cauteloso y cuidadoso en el uso de adjetivos.  En fin, una serie de normas que sirven para trabajar a partir de lo más importante, que son los valores y principios que en cada medio son la base de su quehacer periodístico. Por ejemplo, para este Diario, y así está dicho en el Manual, “todo género de intereses es secundario a los intereses de la Nación”.

Demás está decir que el ejercicio del periodismo requiere serenidad, capacidad de trabajar y de dar a conocer las noticias sin prejuicios, sin exaltaciones, sin malentendidos, sin segundas intenciones.

Y es difícil, sobre todo, cuando siempre se trabaja con premura, contra reloj, cuando después de haber recopilado la información, el periodista frente a su computadora está solo con sus datos y su criterio, listo para entregar su material a corto, muy corto plazo. Es en este momento, cuando todo periodista profesional comprende la enorme responsabilidad que entraña su trabajo y la necesidad inmensa  de darle prioridad  a la formación de su conciencia ética, sobre los aspectos instrumentales de su quehacer.

Y cuando cumple con su deber, aun en el mejor de los casos, siempre su trabajo entraña riesgos, el primero es ser incomprendido y no obtener el suficiente reconocimiento social y laboral; los demás, son aún más serios, porque pueden, incluso, poner en riesgo su vida y la de las personas que ama.

Por supuesto, el trabajo de los periodistas es siempre perfectible y ayuda mucho en esto la respuesta de quienes son los destinatarios de su trabajo, la ciudadanía que lee, escucha o ve, tiene la última palabra; son ellos los que tienen el poder de aceptarlo o rechazarlo, por eso se necesitan lectores, radioescuchas y televidentes críticos y exigentes.

Estas líneas quieren ser un homenaje a los setenta y ocho periodistas muertos durante el año 2003 en el cumplimiento de su deber profesional. Le invito a sumarse a este gesto, amigo lector.

 

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