jueves 08 de enero del 2004 Columnistas

Después de Parmalat

La grandeza económica no le da seguridad al dinero. Los adelantos tecnológicos –el computador y toda esa parafernalia que han surgido desde que se descubrió el chip inteligente– crearon un singular y aparente potencial de riqueza en el mundo económico que hace parecer las cifras cada vez más astronómicas.

El ahorro en dinero es difícil y elusivo, en una sociedad que cada vez demanda gastar más y más. El ser humano trabaja para tener cosas que debe gozarlas para su comodidad y la de su familia.

El caudal monetario no alcanza para atender lo que la producción, ayudada por la tecnología, vende. Se creó el dinero plástico que se asoció a la informática en una especie de estiramiento del ingreso monetario fugaz o aleatorio, que actúa como el nuevo carburante de la economía.

De otro canto las empresas de negocios demandan más dinero para sus operaciones. Las facilidades del crédito electrónico a través de banca electrónica crean operaciones internacionales con personas y entes desconocidos, que no importa que así lo sean porque el efecto final será igual. La dispersión del crédito la aprovecharon los halcones financieros creando enormes y fastuosos proyectos y seduciendo a los posibles ahorristas ansiosos de rentabilidad y seguridad.

Los financistas locales y los globales en la política económica consiguen ingresos, en ocasiones nominales en el tiempo, que lo reparten dentro de áreas de privilegio.
 
Se crea una sensación de seguridad y riqueza. Los grandes manipuladores inventan enormes y fastuosos proyectos con cuya tecnología asombran a los posibles ahorristas. Con medios como quiebras, compras, ventas y adquisiciones, fusiones y la cercanía financiera a las organizaciones dominantes en la economía y la política de un país, logran conseguir ingresos que luego reparten vía créditos con intereses privilegiados, hasta que no pueden más...

Las grandes corporaciones pronto aprendieron a trabajar con el atractivo crédito, navegando entre la tasa de interés, la inflación, los tipos de cambio, la rentabilidad y, entre otros más, repito, el lobbying político.

Pronto vienen las consecuencias. El desequilibrio financiero no es fácil resolverlo. El dinero proveniente de deudas requiere, a la vez, dinero; exigencia financiera que deberá provenir de la nobleza de la empresa para generarlo, en sus índices de solvencia y liquidez.

Las empresas de negocios existen para movilizar el dinero.

El dinero atesorado pierde valor vía devaluaciones, desfalcos, pérdidas, etc. Tampoco es negocio ser coleccionista de activos o deudor de grandes pasivos para justificar que es sabiduría trabajar con dinero ajeno.

De pronto, por malos procedimientos o atractivos artilugios financieros se pierde el rumbo. Destruidas las empresas por la inflación o la devaluación, la iliquidez, la competencia, un generoso gasto no recuperable, nuevas disposiciones gubernamentales, una carga de inversiones improductivas, productos sin demanda rentable, ejecutivos con alto ingreso en actividades no necesarias que en conjunto y en su debido momento aparecen como señales de mala administración y que son como las termitas, toman por sorpresa el futuro de la empresa. La situación es irreversible. La nave se hunde. El desprestigio de sus dirigentes pasa al ocaso, la bancarrota es la realidad.

 

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