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Martes 31 de diciembre del 2002 Historia colonizadora

Las huellas imborrables

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Jorge Añazco, el primer habitante, junto al primer pozo petrolero que se descubrió en el Oriente ecuatoriano. Los dos escribieron la historia de Sucumbíos.

Sucumbíos es una provincia joven cuya historia se ha escrito —y sigue escribiéndose con desplazados y refugiados— a partir de los procesos colonizadores.

Por la calle Quito, la principal de Lago Agrio o Nueva Loja, es fácil encontrar colonos —por lo general oriundos de Loja— o descendientes de colonos.

“Porque acá los que no son azuayos u orenses son lojanos, por eso se llama Nueva Loja”, asegura Manuel Guzmán, un azuayo de prominente barriga, dueño de una gran sazón y un modesto restaurante de la calle Quito, el eje comercial más activo que tiene esta capital de provincia.

Hasta antes del 13 de febrero de 1989, lo que hoy es Sucumbíos pertenecía a la provincia de Napo.

En esa fecha apareció en el Registro Oficial el decreto de creación de Sucumbíos, la quinta provincia amazónica, como una respuesta a la necesidad de acortar distancias con los centros administrativos ubicados en Tena, capital provincial de Napo.

El proceso de colonización de esta zona norte del país tuvo su mayor dinámica a inicios del siglo pasado. Pero incluso hace más de cien años ya había exportadores de caucho que expoliaron a los indígenas de la zona en un proceso de esclavitud que dejó huellas imborrables.

A mediados de 1941, cuando el Ecuador enfrentaba un capítulo más de su historia bélica con el Perú, un ex recluta que insistía en enrolarse nuevamente en el ejército fue enviado a un sector denominado La Bonita, en el alto Sucumbíos, donde, según el entonces jefe del Cuarto Departamento Militar de Oriente, coronel Manuel Marín, había una población mayoritariamente colombiana.

Ese ex recluta era Jorge Añazco Castillo, quien fue designado secretario de la tenencia política de La Bonita, actual cantón de Sucumbíos, y que para cumplir con esta disposición ingresó por la provincia del Carchi (atravesando la dura cima de la montaña Guanderal) hasta la gran planicie oriental.

A su arribo encontró a los técnicos de la compañía Shell en sus incansables exploraciones en busca de petróleo.

“Cuando pretendí recorrer la jurisdicción de La Bonita me di cuenta que tenía por lo menos 10 mil kilómetros cuadrados; el resto del cantón era del Putumayo”, recuerda Añazco, fundador y promotor de gran parte de la colonización de lo que hoy es Sucumbíos.

Seis años después de estar en La Bonita, y de paso fundar una escuela y dar un trazado adecuado al Carmen del Putumayo, llegó a una zona de selva virgen donde técnicos de las compañías petroleras hacían prospección sísmica en busca del oro negro.

“Era mayo de 1967: la compañía Texaco Gulf descubrió el primer pozo petrolero del oriente ecuatoriano, llamado Lago Agrio; la noticia se regó con tal impacto que muchos pusieron sus ojos en esta dirección”, recuerda.

Eran años de sequía y miseria para los habitantes de Loja, de donde es oriundo Añazco, por lo que regresó y organizó a quienes querían buscar un nuevo destino al nororiente.

“Conseguí 16 vuelos gratuitos de la Fuerza Aérea Ecuatoriana en los que traje cerca de 200 familias lojanas”.

Se formó una cooperativa que tomó a cargo siete mil hectáreas, antes de que el Instituto Ecuatoriano de Reforma Agraria y Colonización (IERAC) ingresara al Oriente. “Se me burlaban, técnicos diseñaron otros proyectos de ciudades petroleras, pero las 200 familias creyeron en mi sueño: al ojo trazamos trochas y plazas y un 26 de diciembre de 1969 fundamos Nueva Loja”.

Así nació este espacio, que hoy es el centro administrativo y político de la quinta provincia amazónica, donde el olor que despide el corazón de la selva se mezcla, desde las primeras horas de la noche, con el de los puestos de venta de comida: secos de huanta, pollo frito a la lojana, caldos de bagre con sabor machaleño, guatita como la guayaquileña o hayacas con café a lo colombiano.

Con un clima que generalmente está sobre los 18 grados centígrados, la vida del colono batalla contra las necesidades básicas no satisfechas. Pocas vías conocen el asfalto, y las que lo tienen están directamente conectadas con los pozos petroleros, estaciones de almacenamiento o villas de técnicos extranjeros.

Ninguno de los seis cantones está enlazado con vías de primer orden. La salubridad es precaria y la seguridad está cruzada por el Plan Colombia, el combate al narcotráfico y la guerrilla del vecino país del norte.

A menos de un kilómetro de Nueva Loja, por la vía que va al puente de San Miguel, un enorme rostro del Che Guevara da la bienvenida a los usuarios de los servicios de un centro de diversión para adultos; muchos saben que quienes concurren allá son integrantes de bandos armados irregulares del otro lado de la frontera, que dejaron sus uniformes para reponerse de los desgastes de la jornada.

Según un habitante de Nueva Loja, ellos están acostumbrados a convivir con esta realidad desde hace mucho tiempo.

Historia colonizadora

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